Crónicas de Ayer

 

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Aquí, incorporaremos, semblanzas, relatos, recuerdos de chilenos contemporáneos que han sido protagonistas de sucesos y aconteceres que generalmente conforman el transitar cotidiano e intrahistóricos de nosotros mismos.


  NAVIDAD EN CANOABO 

                                                         Reinaldo Villegas Astudillo

 

           Diciembre es el mes de la Navidad y el que despide al Año Viejo. Diciembre es un mes de paz y de alegría . Diciembre es el mes en que despierta  San Nicolás para cargar su bolsa  y repartirle a los muchachitos del mundo los regalos y los juguetes,  que mantienen la ilusión de la niñez.

 

          Me han contado, que en Canoabo a San Nicolás y a los tres Reyes Magos, se les espera  con un  novenario  en la parroquia principal. Dicen que con misas de amanecida .Con cantos y parrandas .La primera misa  de aguinaldos  comienza el dieciséis  para culminar  en la medianoche n del veinticuatro, cuando nace el Niño Dios.

 

           Si  usted viene a Canoabo ya escuchará  los aguinaldos de poetas improvisados, pero auténticos y naturales. Estos son los parranderos que bajan desde los cerros y salen de los campos .Transmiten su alegría y le dan sabor a una Navidad criolla, mientras el viejo de  luenga barba  Santa Claus entra furtivamente en los hogares, llevándole la felicidad a los chiquitines.

 

           El ambiente pre-navideño ya ha comenzado. El otro día, estuve en   Mocundo , donde me invitaron a que escuchara unos aguinaldos de la parranda del caserío rural. Quedé impresionado por la habilidad de los ejecutantes en los diversos instrumentos .Ahí, estaba Silvestre, haciendo retumbar el tambor con una pericia que le descoconocía. Los hermanos Mejías y unos amigos hacían el resto, con unos versos pícaros y sentimentales .Ellos estarán en Canoabo, en el Festival Criollo, compitiendo con grupos de esta localidad. Aquí, los veremos actuando junto a aquéllos  de “La Garcitas”,”La Sabana” y “Los Cerritos”, entre otros.

 

           ¡ Y para qué le cuento de las hallacas!. Ya se comienzan a preparar: Algunas se harán de pollo, otras  de res y no faltarán aquéllas de cochino .Doña Petra me tiene invitado para que las vaya a probar a su casa. Dice, que llegaré a la fruición máxima con el sabor divino de estos agrados. Y hasta me hará olvidar el pan de pascua de trigo, que mi abuela dulce me preparaba en la Navidad de mis niñeces.

 

           Si usted quiere pasarlo cheverísimo, rumbee para Canoabo. Aquí, esperaremos el nacimiento del Niño-Dios y a San Nicolás entre campanadas para el novenario, hallacas amarillas, coplas y aguinaldos, palos de guarapita y los sones de la parranda, acompañados del entusiasmo  de todo un pueblo amable, solidario y festivo.      

           *Publicado, por primera vez en “El Ueserre”, órgano informativo de la Universidad “Simón Rodríguez”,  Núcleo Canoabo, que se editó hasta mediados de 1977 y se constituyó en el primer órgano difusor de este centro de estudios superiores, con sedes en diversos  puntos geográficos de Venezuela.

 


 ¡Adiós.,”Pepe” Vitale, Adiós!

                                            

Reinaldo Villegas Astudillo

            Hoy, 6 de junio de 2001,cuando me incorporé temprano en el  Facebook para informarme de los mensajes recibidos,  me encontré con uno de Juan Pablo Correa Feo, que informaba sobre el fallecimiento de nuestro fraterno amigo, José “Pepe” Vitale Hidalgo, a quien conocí cuando arribé a Valencia en el año 1981,después de cinco años de permanencia en Venezuela y dejar en funcionamiento como integrante de  un excelente y reducido personal docente-directivo, la sede de la Universidad “Simón Rodríguez” en Canoabo, localidad  semi-rural en aquel entonces, situada en el occidente de la región carabobeña, donde con el egregio educador del siglo XX, Félix Adam, concretamos su sueño -en el tercer intento, que él acometía- de crear en un sector alejado de la gran urbe, un proyecto integrador del sistema educativo, en sus tres niveles: Primario, Medio y Universitario; además de programas agrícolas ,culturales y sociales, destinados a toda la comunidad.

           En el plano de la educación superior se crearon las Licenciaturas de Administración y Educación, vinculadas con tal ámbito natural, a la cual se agregó Ingeniería de Alimentos ,la primera carrera de esta naturaleza, estructurada   en el país .

          Lamentablemente, transcurridos cinco años, a raíz de los “apetitos” que se le abrieron a dos directivos del Consejo Rector ante la excelencia de tal iniciativa, el Rector Félix Adam “cayó en desgracia”, lo cual se tradujo en la cesación del cargo rectoral a lo cual se agregó la eliminación  de tres connacionales, aduciendo que no poseíamos la ciudadanía venezolana y que teníamos la débil condición de contratados, sin considerar que  en esos tiempos  aún no funcionaba el sistema de concursos .Los tres de la partida fuimos: Sergio Rojas, Técnico Agrícola, fallecido años después, acogido por la ubérrima tierra bejumera; Sergio Brown Cellino, abogado, actualmente convertido en una figura del Derecho Penal de Venezuela y nosotros, que premonitoriamente habíamos emigrado a Valencia, viajando  diariamente por dos años consecutivos a la localidad canoabera. Todo lo anterior, fue acompañado por una infame campaña, en la cual se nos tildaba de “peligrosos guerrilleros”.

            Por supuesto que esta malidecencia llegó a conocimiento de nuestro primer orientador y ductor venezolano, el doctor Arístides Calvani, ex –Canciller de la República, quien de inmediato se dio cuenta de tal infamia, por cuanto me había conocido en profundidad, y muy de cerca, en mis inicios caraqueños, dialogando permanentemente sobre Chile, que él conocía muy de cerca y de lo que acontecía por esos años en el continente. Sin actividad laboral y sabiendo que yo residía en la ciudad del Cabriales, de inmediato se comunicó con su ex colaborador en el Ministerio de Relaciones Exteriores, José “Pepe” Vitale, quien en ese tiempo  se encontraba a cargo  de un Programa de Cultura Popular, adscrito a la Gobernación del Estado. Fue así como empezamos a conocer una figura del pensamiento social y cristiano, derivado de Maritain, centrado fundamentalmente en la valoración permanente del otro, como persona humana. En tal actividad, permanecí alrededor de seis meses, laborando con un equipo en la mayoría universitarios en las comunidades más abandonadas de la zona, relacionado con el quehacer cultural. Para “probarme” “Pepe” me asignó a la menos favorecida, como era la de Güigüe y sus alrededores. Como contábamos con vehículos y jóvenes participantes del Programa, con los escasos entes culturales, entre los cuales desde hace varias décadas, se encontraba la Casa de la Cultura dirigida por  el Cronista de la localidad, Ramón Mejías, elaboramos algunos ciclos de conferencias sobre personajes y aconteceres históricos, como ocurrió cuando se rememoró la vida de Don Andrés Bello, el cual estuvo a cargo de otro buen y solidario amigo como lo fue el  recordado historiador, Torcuato Manzo Núnez, a quien ya conocíamos desde nuestro transitar por el occidente carabobeño. Asimismo, se programaron presentaciones de conjuntos musicales y de teatro, culminando con talleres de perfeccionamiento de Castellano, destinados a los docentes del sector rural de la comarca.

            Quisiéramos destacar, que por esos años,tuvimos  la oportunidad de proyectar al conjunto musical “Raíces”,integrado por jóvenes miembros de la comunidad chilena, residentes en Valencia, en distintos puntos de la zona, agrupación dirigida por  Marcos De los Ríos, abogado graduado en la Universidad de Carabobo, en la actualidad, después de una  exitosa reválida, convertido en criminólogo, el cual cada cierto tiempo es consultado y entrevistado por medios televisivos chilenos, en torno a temas atingentes a su especialidad.

            En el plano de las publicaciones, se encuentra un trabajo nuestro, que obtuvo el segundo lugar en un Concurso, auspiciado por la Casa Bello  y el Comité de Solidaridad con Chile  en torno a “Andrés Bello y la Democracia”, con motivo de recordarse el bicentenario del egregio polígrafo venezolano. Asimismo, agregamos la que hicimos en conjunto con “Pepe”, sobre el Campo de Carabobo, sitio que desde hacía años visitaba, semanalmente, con estudiantes, primero, con el apoyo de la Universidad de Carabobo y en el último tiempo con este Programa gubernamental,

            Posteriormente me integré al Instituto Universitario de Tecnología de Valencia y “Pepe” se mantuvo en el cargo, hasta cuando hubo cambios de gobierno y el presidente Jaime Lusunchi sucedió a su colega, Luis Herrera Campíns .

            Luego, “Pepe” nos invitó a colaborar en conjunto como asesores de  INFODECCA, junto a un grupo de docentes y estudiantes, avanzados en distintas  carreras universitarias, quienes se pusieron en la dirección de este organismo, similar al IFEDEC de Caracas, cuyo mentor fundamental fue don Arístides Calvani. 

            “Pepe” como un fiel adherente desde su juventud al pensamiento social y cristiano, desde décadas anteriores, seguía los periodos republicanos de Chile, haciendo recuerdos del 4 de septiembre de 1964, cuando en las elecciones presidenciales triunfó Eduardo Frei Montalva, cuyos entretelones los captaron en una vetusta radio en onda corta, en conjunto con un grupo de compañeros de ideales. Posteriormente, lo impactaron los acontecimientos protagonizados por Pinochet, que asaltó esa república por más de un siglo incólume, que además de tres mil víctimas, hubo otras que recién se están develando como la muerte del presidente Frei Montalva, el cual-como se ha descubierto en estos últimos años- fue eliminado en una clínica, donde acudió para una intervención quirúrgica simple, e inesperadamente y sin motivo alguno, se agravó por acción de individuos que ejercían la función médica, que le administraron elementos nocivos, que le ocasionaron el deceso.

            Por supuesto que “Pepe” fue reconocido por el Exilio chileno en Carabobo y la publicación que dirigíamos “Brilla el Sol”, con un conjunto de  valencianos en un acto que se realizó, finalizada la dictadura pinochetista.

            Sólo, para singularizar su devenir existencial, propio de un pensador que va a lo profundo del quehacer cotidiano, quisiera relatar una anécdota que protagonizamos: Ocurrió que el día de la toma de posesión del doctor Henrique Salas Romer, como primer gobernador electo por el pueblo, cuando nos encontramos por casualidad cerca   del Teatro Municipal. Por supuesto que “Pepe” había sido invitado, pero cuando arribó al lugar se encontró con una gran multitud de adherentes. Había llegado en su jeep, provisto de una casaca, que sólo la utilizaba en algunas oportunidades, en tanto, yo fui a echar una mirada por esos lados, vestido muy deportivamente. Apenas me vio caminando, detuvo el jeep y me invitó a que lo acompañara, pero yo desistí por la indumentaria que cargaba. Luego, insistió: Veo que hay mucha gente, entonces, vamos hasta Guataparo donde va a realizarse el brindis, posteriormente Y ahí no te preocupes, porque podemos compartir la casaca, un rato yo y otro tú. Así fue como me convenció y efectivamente todos los invitadote de la región y Caracas, exhibían todos sus fluxes y corbatas, acompañados algunos de sus esposas y familiares, muy esplendentes. Sólo vi a uno solo, vestido deportivamente: Y así lo hicimos, pero como “Pepe” era tan conocido creo que no hubo mayores reparos. Indudablemente, a “Pepe” siempre le interesó la persona por sus actitudes y pensamiento y no le daba mayor importancia a los ornamentos.

            Finalizado el acto social, como a las dos o tres de la tarde, nos marchamos y en el trayecto recordó que tenía que ir a saludar a un amigo de años, conocido en Caracas cuando estudiaba Arquitectura. Se trataba de Laurentzy Odriozola, el nuevo Director de “Notitarde”,  recientemente designado en tales funciones, Departimos con él un rato, y en un momento el diálogo  giró en torno a un periodista chileno, con el cual había laborado en Caracas, quien había sido muy cercano al presidente Allende.

            Creemos que “Pepe” Vitale, por muchísimo tiempo, será recordado en su Valencia natal, por el gran contingente de discípulos que dejó en diversas actividades

que emprendió durante varias décadas, mucho antes de conocerlo y específicamente en el plano ideológico, algunos de los cuales han llegado a ocupar responsabilidades de gobierno y de cargos por elección popular, muchos de ellos  a estas alturas de crisis para la familia demócrata-cristiana continental, militan en otras tiendas, sean de izquierda o de derecha, pero estoy seguro que jamás olvidarán las enseñanzas del maestro, de luchar diariamente por la preservación de la persona humana, buscando siempre sus relevancias económicas y sociales, sobre todo, los necesitados, a fin de que en un entorno republicano, se desarrollen plenamente. 

            ¡Adiós, Pepe!. Sólo te decimos hasta pronto, porque más temprano que tarde emprenderemos el mismo  destino. Y  así, nos incorporaremos en la realidad otra , espiritual y trascendente, a la cual has arribado, donde llegaremos todos sin excepción  alguna. 

                            ¡Mientras tanto, ábrenos los caminos y descansa en paz!      


 

EL COMANDANTE DE ENSUEÑOS SE MARCHO HACIA EL INFINITO

                                                         Reinaldo Villegas Astudillo

          (Publicado en “Brilla el Sol”,Núm.5 Valencia de Venezuela Primera quincena de Octubre de 1989).

             Por noticias traídas por amigos y cartas que recién llegan, nos impusimos de la partida hacia el viaje sin retorno de la figura máxima en este siglo de las letras de la zona norte de Chile, Andrés Sabella. Dicen que murió en lo suyo, al lado del mar pacífico, pasada la medianoche en el puerto de Iquique. Ahí, se quedó dormido apaciblemente  y para siempre, después de participar en un homenaje  -del mismo modo como lo hemos venido haciendo nosotros por  estos lares venezolanos – dedicado a rememorar los cien años del natalicio de Gabriela Mistral-, su paisana del “Norte Chico”, justo, después de saborear, como a él le agradaba, el vino tinto, la empanada sabrosa y la cazuela humeante.

            A Andrés tuvimos el privilegio de conocerlo y departir con él, un día cuando lo invitamos los escritores y docentes universitarios de la sede de la Universidad Católica del Norte de Copiapó para solemnizar la restauración de la tumba del insigne escritor nortino  del siglo pasado, José Joaquín Vallejo (Jotabeche) , discípulo de Andrés Bello y a quien tanto admiraba Sabella. Arribó con su sencillez, bonhomía y humanidad que le brotaban por todos los poros .Eran los primeros años de la Dictadura  de Pinochet.Su primera actividad fue la de participar como conferenciante, redescubriendo por medio del verbo, la vida y la obra del creador copiapino, La sola presencia de Sabella en la ciudad movilizó a los estudiantes universitarios, a los hombres de letras, a los mineros y a los integrantes de la “Hermandad de la Costa”, organización ésta constituida  por ex navegantes y civiles amantes del mar, pero anclados en la tierra y entre cuyos directivos, a nivel nacional, se encontraba el narrador de  ese  norte tan extendido.

              El primer día y recién arribado dictó una conferencia, dentro de un marco de tensión  en un espacio,  donde visualizábamos  unos cuantos infiltrados de los servicios secretos  de la dictadura, quienes iban a registrar lo que diría el maestro, logrando  plenamente su objetivo, por cuanto en la mitad de su exposición  Sabella se detuvo, creó un momento de expectación y formuló públicamente la siguiente aseveración :“¿Y saben ustedes,  que más?  A Jotabeche, jamás le agradaron los militares”.Concluido el acto, los esbirros se retìraron y a ninguno le pasó nada, porque en ese tiempo de persecución y asedio, Sabella se ufanaba de estas “gracias” que hacía, porque el general, jefe de la región militar del Norte, con asiento en Antofagasta había sido su alumno, y a pesar de la situación imperante, lo seguía respetando como maestro y persona humana  de los tiempos juveniles.

               Al siguiente día, una segunda anécdota nos proporcionó el creador nortino. Cuando se desarrollaba el acto en el cementerio de Copiapó para solemnizar la remodelación de la tumba de Jotabeche, el cual se inició con floridos discursos oficiales del alcalde y otras autoridades del régimen  con las acostumbradas frases hechas y los consabidos lugares comunes, el maestro Sabella no tuvo oídos para ellos. Al inquirir por su presencia, un periodista-asistente que lo acompañaba, nos reveló que se encontraba bajo la sombra débil de un esmirriado chañar, “echándose una siestecita”, recuperándose de las consecuencias de un “zafarrancho de combate”, declarado por los “Hermanos de la Costa”  la noche anterior en un centro social de la comarca, en homenaje al comandante que los visitaba. Creo, que lo despertaron, cuando nos correspondía , en nombre de los escritores de la zona y de la Universidad ,auspiciadora del acto, rendirle el más profundo reconocimiento   histórico al escritor nortino más brillante  del siglo  XIX. En seguida, culminó el gran Sabella con un discurso extraordinario, de antología, donde una vez más expresaba la calidad de nortino, de escritor sobresaliente y de maestro admirado.

            Pasó el tiempo…Los vientos se enturbiaron y soplaron violentamente en esa casa de estudios, que nos cobijaba  en Copiapó y a Sabella en Antofagasta. A nosotros, con el arribo de un delirante Teniente Coronel, cuyo nombre era Arturo Alvarez Sgolia, nos arrancaron de la propia sede universitaria, a mediodía del 27 de mayo de 1975,ante la presencia de toda la comunidad universitaria, aherrojada por el temor  y nos condujeron sin apelación hacia las cárceles  y campos de prisioneros políticos. Andrés se mantuvo más tiempo  en su quehacer creativo, intelectual y universitario. Era muy difícil removerlo, porque era el símbolo del Norte Grande.

              La gran urbe de Antofagasta se constituía en su ciudadela, desde donde escribía  para la única publicación de circulación nacional, que por esa época se permitía una leve crítica al dictador.* El poeta, el novelista, el ensayista dialogaba con su pueblo en la cátedra universitaria, en la plaza de armas o en el restaurante con forma de barco anclado en el puerto, hasta que vino el “huracán” que lo arrancó de la cátedra  de estudios superiores, a él, que ostentaba, orgulloso, el título de Doctor Honoris Causa. Le quitaron el sustento. Otros generales arribaron a la zona y no le tuvieron el respeto del primero, pero esto no lo amilanó, continuó escribiendo, prosiguió  creando. Ultimamente, su corazón  se había resentido y con la locuacidad y la alegría de siempre había manifestado: “Que se estaba cuidando para saborear los vinillos  y paladear las cazuelas, cuando volviera la democracia”. Sin embargo, estamos seguros que no pudo cumplir  la promesa, porque Sabella  era vital, bohemio permanente, conversador inagotable, muy difícil de respetar  prohibiciones médicas.

  Y así se nos fue, creo que feliz, a los 78 años de edad de dilatada existencia. Murió de una muerte apacible, como mueren los hombres buenos que desnudan sus vidas al prójimo. Las exequias-cuentan estos mismos amigos-fueron impresionantes: Antofagasta se despobló con  los pescadores, los mineros, los liceanos, los universitarios y la ciudad entera fueron a acompañar los restos mortales de su símbolo a la última morada. A Andrés Sabella  el autor de “Norte  Grande”, la narración mayor de esta región en el siglo presente  de la literatura chilena, obra narrativa, abarcadora de las peripecias  de ese chileno que vive, sufre y disfruta en un espacio geográfico que cubre una longitud de unos mil quinientos kilómetros.

               ¡Qué descanse en paz, hermano Sabella, comandante de ensueños y creador de fantasías!

                    * Por ese tiempo, finalizábamos la Maestría de Literatura Hispanoamericana, ya  exiliado, en la Universidad “Simón Bolívar” de Caracas y  dentro de un Seminario de Filosofía sobre  nuestro continente, dirigido por el relevante pensador uruguayo, exiliado igualmente por esos tiempos, Arturo Ardao, logramos la calificación máxima por cuanto penetramos en el discurso oculto, que Sabella comunicaba a los lectores de una revista semanal, que los esbirros castrenses no tenían  la capacidad de  captar.

 


 

CON JOTABECHE EN “JOTABECHE” *

 

                                                                  Reinaldo Villegas Astudillo

                                                  (Publicado por primera vez, el  viernes 18 de octubre  de 1974, en el Diario “Atacama” de Copiapó,Chile.)

      

Es un día de reposo. Todo irradia paz y sosiego en la Hacienda “Jotabeche”. Los moradores se la casa principal están ausentes. Sólo permanece Don Juan y uno que otro trabajador, al cuidado de los escasos quehaceres domésticos en un festivo día, pleno de sol y de primavera.

Mientras don Juan se rasura con su afilada navaja barbera, su amigo y compadre Pedro, intenta arrancarle algunos sones a una desvencijada acordeón –piano , a los cuales se agrega el melodioso concierto de los pájaros matinales, el ladrido de un perro juguetón y el piar de unos polluelos somnolientos.

Nada hace presagiar la ruptura de este idílico cuadro .El día es similar a otro cualquiera del año, de varios años, de cientos de años.

De improviso, esta paz bucólica se rompe, Una bullanguera caravana irrumpe en el espacio y en el tiempo. Aparecen  hombres, mujeres y niños. A don Juan le dicen que son poetas y escritores que han concurrido hasta la Hacienda  con el fin de rendirle un homenaje a  Jotabeche. Un hombre, un escritor. Un copiapino, que viviera en esa antigua construcción, oteadora de los cerros metálicos y del cielo de Copiapó.

El anfitrión campesino los introduce por los diferentes espacios de la centenaria casa colonial. Con recogimiento y veneración, los poetas y escritores recorren lo que para ellos es un santuario de las letras. Se sienten presentes en la historia de la literatura nacional. Observan con detenimiento el lugar en que don José Joaquín Vallejo se instalaba a escribir para la posteridad y los hombres Todos parecen sentir o captar la presencia del espíritu jotabechano. Los poetas y escritores miran, observan y callan .Se encuentran ante el maestro, ante uno de los padres de la literatura chilena.

 Continúa el recorrido. Se adentran en el interior de la casa histórica, donde nació y se crió  el hombre de letras ilustre  del siglo XIX. Conocen, ahora, unas dependencias, destinadas por decenios a  la producción etílica del valle, que se ha hecho famosa  por su Vino Copiapino. Don Juan es el guía. Explica y detalla a los procesos a que se expone la jugosa vid del valle, por donde se desliza el río Copayapu, llamado, así, desde los tiempos de los indígenas.

 Luego, el campo y la quinta. En el primero, las hortalizas  y en la  segunda una flora atractiva, donde resaltan las añañucas. Ahí, los poetas y escritores  dialogan con un descendiente de Eumeo , aquel cuidador de puercos que por tanto tiempo esperó el arribo , junto a la amada y fiel Penélope,del legendario Ulises , perdido en el retorno desde Troya, hasta su lar querido de Itaca.

 Pero, cuando los hombres de letras se deslumbran y maravillan  es en el instante en que descubren a un imponente pavo real, escapado. tal vez de un poema de Rubén Darío: Orgulloso y desafiante se desliza a través de todo el parque  con la innata distinción y figura altiva que lo caracteriza. ¡Hay que darle  paso al pavo-rey dariano!

 Los poetas y escritores han bebido a Jotabeche en su tierra  y en su aire originales.Viene en seguida la expresión de la impresión:

 En un círculo frente a los añosos pilares y muros que sostienen por un par de siglos , inician la comunicación verbal con el padre literario:

 Primero, es el poeta de la lluvia sureña el que canta. Lo hace con emoción y sentimiento. Transmite el mensaje del húmedo copihue a la añañuca asoleada. Luego, el poeta del sol brinda su creación. Es un canto del caliche y de la tierra abrasada.Impresiona e impacta por su verdad verdadera.

 Luego les corresponde a los creadores poéticos de la tierra atacameña manifiestan su sentir  con expresión y fuerza. Ahí, está el poeta joven y minero de Paipote;el poeta trashumante del Huasco y los vates copiapinos:Todos integrantes de una familia poética singular.

 A la vera del camino, se ha detenido una viejecita  lugareña .Se asoma y escucha Contempla embelesada el ritual poético. Y se imagina, predicadores evangélicos. Nadie la convence , que son creadores de la palabra y del verbo.La viejecita se santigua y se aleja,a pasitos lentos, por uno de los tantos senderos  del valle jotabechano.

 El tributo literario ha concluido. Loa poetas y escritores  se van. Llevan consigo un espíritu renovado y enriquecido.Dejan a Jotabeche en su hamaca, en el aire y en los muros de la antigua casa.

 Don Juan cierra las puertas. Queda solo, pero contento y feliz.Le ha agradado el “chispazo” de la mañana  primaveral. Regersa a su labor cotidiana de años y de siglos .Su compadre Pedro apura nuevos sones en la acordeón lastimera.Los pájaros avanzan en el concierto matinal: La Vida y la Existencia continúan cabalgando por los siglos y en el tiempo.   

                           * Seudónimo de José Joaquín Vallejo (1811-1858),   discípulo de dos figuras relevantes del intelecto chileno del siglo XIX: El español  José Joaquín de Mora y el venezolano, Andrés Bello

 


 

MUDANZAS Y LIBROS

                                                      

                                                    Reinaldo Villegas Astudillo

(Inédito: 1989)

 

                             Hace unos cuantos días atrás, tuve que mudarme de habitación. Dejé después de varios años  la residencia de los valles de San Diego, los cuales cada día se van urbanizando más y más, complicándose la vida del ciudadana. Mi nuevo destino era un apartamento en plena selva de cemento valenciana, por allá arriba  cerca de la Avenida Bolívar. Dejé, debo confesarlo, con mucha nostalgia un marco terrígeno cubierto de matas y de flores criollas y exiliadas, que por casi dos lustros constituyeron mi habitat cotidiano. De igual modo tuve que abandonar a mi perro “Apache” y al gato “Bienvenido”  entre mis ex vecinos, porque mi nuevo espacio vital no me permitía esa compañía de cuadrúpedos.

                              El día de la mudanza, apareció  un inmenso transporte, tipo cava para llevarse mis pertenencias. No hubo tiempo de embalar los muebles con detenimiento Y lo mismo ocurrió con esos innúmeros libros que en el Allá y en el Acá se han ido acumulando, los cuales con el correr del tiempo se  constituyen  en los más preciados amigos y confidentes, especialmente cuando buscamos respuestas a nuestras reflexiones e interrogantes. Algunos de ellos, logramos situarlos en cajas de cartón, obsequiadas gentilmente por el portugués del supermercado, pero muchos tuvieron que  emprender el nuevo rumbo  en simples bolsas negras de plástico, de ésas que se utilizan para depositar los desperdicios. Fueron innumerables las bolsas oscuras que ocuparon estos libros diáfanos, provocando la curiosidad del transportista.:”Tanto libro, en proporción con otros bienes materiales” .Se produjo el traslado: Mayores problemas, no hubo al instalarlos en la cava-transporte .

:                                Los libros se mostraban quietecitos. Sin embargo, cuando llegaron a su destino final  y tuvieron que continuar el viaje en un ascensor –loco, que los alejaba de la tierra, muchos de ellos se rebelaron y rompiendo las frágiles bolsas negras se desparramaron entre el ascensor, enloquecido, los diversos pisos  y el apartamento, donde residirían. Fue así como tuve que empezar a recogerlos  en brazos y llevarlos con más cuidado. Primero, me encontré  con el de Duverger, que pensaba que lo había perdido y que lo buscaba acuciosamente para releer su contenido, ahora, que en varios países, algunos organizaciones políticas relevantes han entrado en crisis por ambiciones personales  de sus integrantes, olvidándose de los principios doctrinarios. Por ahí, recogí el “Hamlet” de Shakespeare , acompañado de un “Quijote” de una colección escolar, porque el de la edición Aguilar,  mucho tiempo ha, desapareció  en el desplazamiento, por los aires, hacia el exilio.

                                  Más allá, me encontré con textos de varios poetas. Por ejemplo, el azar hizo que al lado del “Oscuro” de Gonzalo Rojas, estuvieran las publicaciones de dos poetas de apellido Pérez: Floridor, el chileno y Reinaldo, el venezolano, ambos con una producción poética muy valorativa y grandes admiradores de Gonzalo. Los “pesados”,en cuanto a volumen,  como los textos exegéticos sobre el Poema de Mío Cid, Gonzalo de Berceo, del Arcipreste de Hita y del siglo XVIII,que nos acompañan desde mis tiempos de Pre-Grado con sus páginas ya amarillentas, también avasallaron a las bolsas negras. Por fin, los reuní a todos y  volví a organizarlos  en sus nuevos espacios. Los de contenido  literario fueron ordenados  en la sección Universal, presididos por la Divina Comedia .Aquéllos de Literatura Española, comandados por el “Cid” y el “Quijote” y la Latinoamericana , encabezada por “El periquillo sarniento” del mexicano Lizardi, primera novela de nuestro continente , como nos lo señalara nuestro recordado y eminente docente, Juan Loveluck  y su joven asistente, Jaime Giordano, quienes continuarían tempranamente por las más preclaras universidades norteamericanas .Por supuesto, la creación chilena  estuvo integrada entre otros por: Blest Gana, Neruda, Huidobro y la Mistral. La venezolana  por  Rómulo Gallegos, Ramos Sucre , Teresa de la Parra  y Bernardo Núñez  y la Valenciana, enmarcadas por Pocaterra, la producción de Torcuato, Arroyo Alvarez y el último poemario de Feo La Cruz. El resto se ubicó en los sectores acostumbrados: Política, Filosofía, Historia, Sociología, Antropología, Pedagogía, Andragogía y por supuesto, otros tantos, de disciplinas diversas.

                                         La operación mudanza se acabó y desde hace varios días mis compañeros los libros están nuevamente quietos, esperando desde sus recientes instalaciones  que continuemos bebiendo su saber y dispuestos a dar todo de sí, pero en paz, sin extraños movimientos que los lleven del frío a l trópico o de la tierra  a la selva de cemento.


 

Valencia, la del Rey

                         

 Reinaldo Villegas Astudillo (Inédito: 1997)

               En esta oportunidad, no me referiré al origen de tal denominación de la ciudad del Cabriales, la cual está muy bien fundamentada por los historiadores y cronistas carabobeños y en general del país nacional, como de igual modo por la novela histórica donde esencialmente destacamos al escritor Juan Correa con su narración, La saga de los Malpica; obra, que nos ha impresionado hondamente y que todo carabobeño con inquietudes intelectuales debiera leer con mucha intención y detenimiento. 

            Quisiera, ahora, mas bien referirme a dos aspectos vividos en esta veintena de años, residenciado en Carabobo y que se relacionan con la presencia en el inconciente colectivo o en el testimonio oral de aquella realidad pretérita, cuando Valencia y Venezuela integraban el reino de España en calidad de colonias y se hallaban supeditadas a la hegemonía de un monarca, que les regulaba la existencia, a través de la lejanía, representado por capitanes generales o gobernadores. 

            Coincidencialmente, las dos situaciones separadas por una década, se suceden en el frontis del histórico Teatro Municipal de Valencia. 

            El primero acaece hace unos diez u once años atrás. Creo que fue a mediados de una semana, en que se anunciaba la presentación de un grupo de danzas caraqueñas de extraordinaria valía. Por supuesto, en tal circunstancia, nos trasladamos tempranamente al coliseo artístico, encontrándonos entre los primeros en arribar sin que aún se hubiese abierto sus puertas. Transcurrido un largo tiempo, observamos que una creciente multitud se tornaba un tanto inquieta por la inusitada espera que empezaba prolongarse más de lo prudente. Un funcionario que se asomó desde el interior nos apaciguó, manifestando que se hacía necesario esperar el arribo de la primera autoridad regional. De improviso-y cuando más apretujados estábamos-se escuchó una voz estentórea:”¡Viene el Gobernador! ¡Viene el Gobernador!”. Y, efectivamente desde adentro de la sala emergió el mandatario gubernamental, quien dirigió sus pasos hacia las rejas, lugar en que nos empujábamos y atropellábamos unos con otros. Se detuvo y con una venia que se le admiraría hasta el mismísimo rey Juan Carlos, nos saludó, dio media vuelta y se dirigió a tomar posición en la butaca que le correspondía. Inmediatamente, el “cancerbero” ya conocido por nosotros en la casi dos horas de desasosiego, ordenó abrir las puertas del coliseo valenciano y como una tromba irrumpimos en busca de la mejor ubicación para disfrutar de tan esplendente evento anunciado. 

            La segunda circunstancia se produjo en el mes de febrero del  1997. Motivados por la presentación de la Orquesta Sinfónica Juvenil y la Coral Filarmónica de Carabobo, corrimos presurosos, una vez más, al Teatro Municipal. En tal ocasión, debo reconocer hidalgamente que me retrasé un tanto y llegué cuarenta y cinco minutos antes de que se iniciara el concierto, a pesar de las recomendaciones entregadas por los organizadores del acto de hacerse presente más tempranamente. 

            De nuevo, encontré las puertas cerradas y a un grupo que superaba las cien personas en el frontispicio del teatro. Pero, ahora, había ocurrido un hecho distinto. El local estaba rebosante de público y el acceso se había limitado definitivamente, porque “ni siquiera cabía una aguja más”. Sin embargo, tal situación costó entenderla. La frustración surgida al no poder gozar de tan atractivo espectáculo encendió los ánimos culturales, y de pronto, se dio paso-sin saber cómo- a un improvisado mitin. Se sucedieron como tres oradores, que entre otros motivos criticaron al gobierno, a la alcaldía, al CONAC, dirigiendo al final su metralla a los distribuidores de las entradas liberadas, quienes según estos despechados espectadores:“las repartían entre sus amigos y los familiares de los miembros de los conjuntos, que intervenían en el concierto”. Tales oradores señalaban, asimismo, el haber arribado mucho más temprano que nosotros y se habían encontrado con un cuadro similar. 

            Pero fue el cuarto participante del informal mitin, el que nos impactó profundamente. Fue algo muy coincidente, algo propio del destino por la intervención que en ese momento se proyectó. 

            Ese mismo día en la mañana, había terminado de leer un trabajo de don Pedro Grases en torno de la rebelión de La Guaira, llevada a cabo en 1797 por los jóvenes Manuel Gual y José María España y donde tiene una participación preponderante el español Juan Bautista Picornell y Gomilla, recluido en las mazmorras del litoral guaireño-por orden del rey de España-cumpliendo un castigo por promover la subversión en la propia capital continental de Madrid. 

            El nuevo orador centró las críticas precedentes, sobre la base del verso: Comenzó a recitar unas composiciones poéticas, moviendo todo el cuerpo con un ritmo característico de los bailarines de Barlovento. A medida que desglosaba las formas métricas, nos dimos cuenta que se trataba de las Carmañolas Americanas, creadas por Picornell doscientos años atrás, donde se fustiga al rey y a su corte-por otros motivos evidentemente- pero que en esta oportunidad, se adaptaban a una realidad del siglo XX. De una variedad de carmañolas transmitidas aquella tarde de febrero, sólo citaremos dos con un estribillo que acompaña a la obra completa: “Si alguno quiere saber/ porque estoy descamisado/ porque con los tributos/el Rey me ha desnudado”. Luego, vino la segunda: “No hay exceso ni  maldad/ que el Rey no haya ejecutado/ no hay fuero, no hay derecho/ que no haya violado”. Y  el estribillo, decía: “Bailen los sin camisas/ y viva el son, y viva el son/ Bailen los sin camisas/ y viva el son del cañón.” 

            Concluido tan regio e inesperado acto, que en su frontis nos ofrecía el Municipal, me dirigí al poeta-juglar, lo felicité por la brillante actuación, pero le indiqué que esos versos por él recitados no eran anónimos como creía, sino que según el preclaro investigador Pedro Grases, pertenecieron a la inventiva de ese español revolucionario Juan Picornell, que desde la cárcel donde se hallaba recluido, colaboró doscientos años ha, con dos precursores de la patria venezolana, que intentaron rebelarse antes que finalizara el siglo XVIII contra la hegemonía imperial. 

            Mi interlocutor quedó sorprendido, de la misma forma como yo me encontraba de la permanencia en el tiempo de tan extraordinarias creaciones, elaboradas para cuestionar al Rey de España y que el pueblo las ha conservado en la tradición oral por un largo periodo de dos centurias, en sus afanes por proseguir criticando situaciones de injusticias e inequidades. 

            Al finalizar el mitin tan peculiar, cada uno partió por su lado; algunos, buscando una cervecería; otros, un cine y en nuestro caso, un parque para no perder la tarde y reflexionar que realmente los gobernantes  y el pueblo valenciano del presente, de una o de otra manera conservan actitudes y testimonios de esta ciudad,varias veces centenaria, que en los orígenes coloniales se vanagloriaba siempre por llamarse: “Valencia, la del Rey.                          

 


  

La Tía Mina, un personaje inolvidable

                                               

                                                     Reinaldo Villegas Astudillo

                                                                            Inédito,1997

                Por el hilo telefónico, ayer, me comunicaron que se murió  en Santiago la tía Mina , justo al arribar a los ochenta y dos años de edad. A pesar de que sabíamos que tal desenlace podía ocurrir en cualquier momento por la enfermedad incurable de la cual era portadora, sin embargo al producirse el deceso definitivo nos consternamos y una vez más reflexionamos ante la muerte.

            Con el desaparecimiento de la Tía Mina, fenece una generación de nuestra intrahistoria familiar-como diría  Miguel de Unamuno –cuya expresión plena se dio en las décadas que van de 1940 a 1960 en el el pueblo nativo de Hualqui, situado en la ribera norte del Bío-Bío, muy cercano a la industrial ciudad de Concepción.

            La Tía Mina nació dentro de ese Chile rural en un punto intermedio entre las localidades de Talcamávida, Hualqui y Rere: Mujer vigorosa, integrante de una familia de siete hermanos, a temprana edad, aprendió los menesteres propios del quehacer campesino:Cabalgar, criar animales, sembrar y cosechar, además de desarrollar una habilidad extraordinaria  en la preparación de esos manjares exquisitos de la cocina criolla chilena ,donde destacaban: Los porotos granados, las cazuelas, las empanadas jugosas, fritas o al horrno, las tortillas de rescoldo y en forma muy especial, elaboradora  de esos productos, que se podían obtener  de un porcino muerto en los meses lluviosos del invierno  y de los santos, entre los cuales descollaban: las salchichas, el queso chancho, junto al paté, las longanizas y el arrollado huaso.

           A los 25 años de dad, recién cumplidos- se unió para siempre con mi apuesto tío-abuelo Daniel, policía de a caballo, que se enmarcó permanentemente en la misma región ya señalada. Creo que para mí, la tía Mina se constituyó en una segunda madre durante la niñez y la adolescencia-muy voluntariosa, trabajadora y amante de sus tres hijos. De esa primera década de 1940, la recuerdo junto a mis abuelas que tocaban los instrumentos de cuerda y bailaban la cueca y la sajuriana, sobre todo mi bisabuela Justina, una verdadera imagen, arrancada de la Biblia, que tañía imperturbablemente el arpa, acompañada de la guitarra de Arturito Monsalves, hijo  de su vecina, doña Eduvina, mientras el bisabuelo Damián zapateaba las cuecas que desde joven había aprendido, allá por los predios de Pemuco y sus alrededores, desde donde tuvo que emigrar, siguiendo s sus hijos  que habían sido atraídos por el desarrollo de los arsenales  navales de Talcahuano y la incipiente industria de Concepción., ante la depresión económica que azotaba al sector agrícola

           Durante las décadas de 1950 y 1960, Hualqui se modernizó con la instalación de la luz eléctrica y  hermoseó la plaza de frondosos tilos; en tanto la Alianza para el Progreso  construyó una esplendente Estación de Ferrocarriles y empezaron a celebrarse los Carnavales, dentro de otros significativos avances.

            El policía-cabalgante jubiló con una pensión misérrima para esos años. Y ahí, tuvo que emerger con más fortaleza la tía Mina para contribuir  a solventar los gastos vitales. De esa época, data el florecimiento de esa huerta de gladiolos, aguas de nieves, rosas rojas y rosas blancas, claveles apuestos y las sentimentales violetas  junto a sus compañeros pensamientos, que surtían  a las vendedoras que cada mañana durante la primavera y el verano integraban el “Tren de las flores”, que se desplazaba desde Hualqui hasta la capital penquista. Y esas mismas flores eran las que adornaban el altar de la Virgen, mientras se prolongaba el “Mes de María” en la vetusta iglesia parroquial.

             Creo que fue en los albores de la década de 1970, cuando la tía Mina se vio obligada a trasladarse a  Santiago, en busca de salud para su esposo en compañía de una hija casada y ya madre de unos cuantos hijos. En la capital, la Tía Mina  padeció por tener que vivir en el encierro de un departamento, sobre todo ella, acostumbrada al espacio y a lo terrígeno. Falleció el tío Daniel, y desde ese momento, pasó a convertirse en una matriarca verdadera, conformándose de esta suerte  un clan muy familiarmente unido.

             Para 1973, año en que se acaba una circunstancia republicana histórica, política, social y cultural de Chile la tía Mina no sintió profundamente el impacto, porque su hijo y dos yernos eran miembros de las fuerzas armadas, pero pienso que íntimamente ha tenido que padecer, por ejemplo, cuando en el tenebroso Fuerte “Borgoño” de Talcahuano a cargo de los” endemoniados” Infantes de Marina habían fusilado al “Moncho” Neira , nacido y criado en el lar hualquino nativo, al igual que sus hijo, yernos y nosotros mismos, acusado de supuestos complots a los  que nunca el poblado les dio crédito por su falsedad. O tal vez, la afectó cuando nos encarcelaron en Copiapó y nos sancionaron, después de torturas con el exilio por ser partícipes de un supuesto plan desestabilizador, denominado “Lobo Azul!, surgido en la mente enfermiza de un teniente- coronel, jefe de  plaza regional, llamado Arturo Alvarez Sgolia, quien años después participó, cuando era general, como uno de los autores intelectuales en el asesinato del Tucapel Jiménez, presidente del gremio de los empleados públicos de Chile…Todo pudo ser…

            Los años pasaron y la familia en gran proporción se dispersó, se separó y la hicieron cambiar de mentalidad. Ya el tiempo se había quebrado y era irreversible el retorno al pasado, tal como fue. Uno de sus nietos, invitó a la Tía Mina a Ecuador, con lo cual se amplió su visión de mundo, pero la culminación  se dio en un tiempo posterior, cuando uno de sus yernos fue adscrito a una embajada de Chile en Europa y se la llevó con el grupo familiar, viajando a Suiza. Ahí, el universo cambió radicalmente para la tía Mina.  Ya no era Hualqui, ni Rere, Talcamávida, San Rosendo o Chiguayante, sino Ginebra, Cannes, París o Barcelona.

             Pero llegó el día en que la tía Mina tenía que iniciar el último viaje. Felizmente, tuve la oportunidad de despedirme para siempre de ella,  en el enero recién pasado. Dialogamos bastante junto al lecho de enferma, porque su mente se mantuvo lúcida  hasta los 82 años de edad. De esta suerte, pudimos así remontarnos  a través de disímiles hechos, aconteceres y personajes a instancias pretéritas que no retornarán, cuando  la vida era pacífica, sin angustias, eminentemente libertaria y la solidaridad reinaba  en el  ser  chileno del ayer que  ha desaparecido ,y entre los cuales uno de las últimas representantes de tal generación era la tía Mina, quien en la intimidad- estoy seguro- añoraba a esa república  que se vejó: auténtica, vital y fraterna que ella  vivenció, en buena parte de su existencia terrenal.

 


 

Recordando a Oriel Alvarez Gómez, Minero y Cronista del Desierto de Atacama

                                                                                                                            Reinaldo Villegas Astudillo

 

     Buscando por Internet información sobre la actividad minera de la histórica ciudad de Copiapó de Chile, a raíz del desplome de una mina, en las cercanías de tal urbe, que mantiene atrapados  por más de un mes a treinta y tres trabajadores a  setecientos metros de profundidad, me encontré con la triste noticia  que nuestro amigo y camarada, Oriel Alvarez Gómez, ex Minero, Cronista e Historiador  de la Región de Atacama, había fallecido hace más de año y medio, a fines de febrero de 2009.

       A decir verdad, constantemente tenía intuiciones de que podría haber ocurrido tan infausto suceso, pero como habíamos perdido contacto telefónico y epistolar, ninguno sabía del otro, a pesar de que los recuerdos nos rondaban, permanentemente.

        A Oriel lo conocí en marzo de 1974, cuando arribé a Copiapó, contratado por la Universidad Católica del Norte para integrarnos a una nueva sede que se abría en esa ciudad nortina. Venía saliendo en el Sur de una situación muy dolorosa, como lo era el quiebre definitivo de una relación conyugal –y como decía el poeta Ramón Navarrete Stagg- coterráneo de Hualqui, mi lar nativo, arribaba: “En busca de otro cielo...”

         En cuanto, nos incorporamos al centro de estudios de educación superior, nos asignaron dentro de la docencia una cátedra  sobre Lenguaje y Literatura y en lo directivo-administrativo la Dirección de Comunicaciones y Extensión. Y fue así, como en tales actividades de programación cultural, dirigidas hacia la comunidad copiapina, las iniciamos con mucha fe y alegría De inmediato, Oriel se ofreció para colaborarnos y abrirnos los caminos del entorno desértico, a través de sus funciones de Cronista, Historiador e integrante del Grupo Literario “Jotabeche”, que reunía a los creadores literarios de la región. Fue así, como nos hicimos íntimos amigos y dialogantes, compartidores de temáticas que nos atraían, mutuamente.

           El quehacer  en el periodo de un año y dos meses que se prolongó nuestra estadía, que fue interrumpida por militares desquiciados, fue arduo. Entre las actividades  realizadas, destacaron la remodelación en el cementerio local de la tumba del eminente escritor copiapino del siglo XIX, discípulo de don Andrés Bello, el recordado José Joaquín Vallejo, más conocido por su seudónimo literario de “Jotabeche”. Tal acontecimiento que impactó a la comunidad copiapina fue realzado con la presencia  del relevante narrador del Norte Grande, Andrés Sabella, quien concurrió especialmente desde Antofagasta., donde dictaba su cátedra en la sede universitaria principal.

            Con posterioridad, nos incorporamos al Círculo Literario “Jotabeche”. A los tres meses  de inscritos, recibimos la nominación para conducir a la institución, quedando Oriel en la Vicepresidencia. Fue así como organizamos recitales que ofrecíamos en las plazas, centros educativos y lugares públicos, donde igualmente acudía  el “sabio-loco” del pueblo, Johnny White*, quien se embelesaba con los ritmos y los versos. Tal vez, la actividad cumbre desarrollada en esta instancia fue la que denominamos: “Peregrinación a la tumba de Gabriela Mistral”, situada en la región pre-cordillerana de Monte Grande al interior de Vicuña. En tal oportunidad, Oriel hizo entrega a las autoridades directivas del Museo de Gabriela, inaugurado en Vicuña de la obra biográfica, en torno al progenitor de la Mistral, quien puso fin a sus días en la atacameña “Tierra Amarilla”.Lo más emocionante fue cuando los poetas del “Jotabeche”, cada uno, le dirigió un saludo a Gabriela en su tumba, ya fuera a través de la palabra cotidiana o de algunos versos. Las respuestas no se dejaron esperar, a través del sonido rumoroso del viento que golpeaba los contrafuertes cordilleranos, Al retorno, nos detuvimos en La Serena, donde ofrecimos un recital en la “Plaza de los Poetas”, junto a los integrantes del Grupo Literario “Carlos Mondaca”, uno de cuyos integrantes era el creador,  Roberto Flores, el autor del poema, “La Añañuca”, familiar  cercano de Oriel.

              Paralelamente, examinábamos la historia copiapina, especialmente de los tiempos áureos de Chañarcillo, donde concurrieron-tras el vellocino de plata- Domingo Faustino Sarmiento y connacionales argentinos, exiliados por la dictadura de Rosas, el venezolano Codecido y los hijos de Andrés Bello en afanes de explotación minera. Asimismo, por esos tiempos, colaborábamos con el Diario “Atacama”, que dirigía el prestigioso periodista y amigo nuestro, Carlos Sepúlveda, donde dejamos huella  de nuestro transitar por la zona copiapina.

                      Oriel había nacido en Vallenar, en un hogar modesto y con esfuerzo suyo estudió las primeras letras para concluir la educación media en  el antiguo Liceo de Copiapó. Durante la juventud, recorrió caminando todo el espacio que ocupa la región atacameña, laborando en diversos menesteres relacionados con la minería, leyendo e investigando siempre sobre la historia y geografía más recóndita de su provincia. Era un enamorado del terruño nativo, el cual  se le transformó en “padrastro”, cuando apareció  ese individuo, que en ese entonces ostentaba el grado de Teniente Coronel, Arturo Alvarez Sgolia, quien quiso en el transcurso de 1975, protagonizar su propio “11 de septiembre”, por cuanto en 1973, era Agregado Militar de Chile en Israel. Lo primero que hizo, como un vulgar desequilibrado mental, fue apresar independientemente a los dirigentes mineros de Potrerillos, un grupo de estibadores de Chañaral, unos cuantos changos, pescadores de Caldera  y cinco directivos y docentes, donde nos encontrábamos  nosotros de la incipiente Universidad Católica del Norte. Una vez, todos reunidos en la antigua Cárcel copiapina, citó a los medios regionales y nacionales para informar a la opinión pública sesgada y engañada en esos tiempos, “que había descubierto y abortado un llamado, plan “Lobo Azul”, que pretendía destruir toda la ciudad de Copiapó”. Esto fue recogido por la prensa santiaguina, especialmente “El Mercurio”, el cual nos dedicó un Editorial, tratándonos de “extremistas” y otros epítetos similares y exponernos, así, al escarnio nacional, sin posibilidad de réplica, mientras permanecíamos detrás de las rejas.

                Lo anterior, fue respaldado y dirigido por un sector de directivos de la Universidad Técnica del Estado, encabezado por su Director, surgidos de la antigua Escuela de Minas de tendencia masónica, quienes a esa alturas, no deseaban tener competidores para la regionalización universitaria que ya se anunciaba y así deciden  participar en tan deleznable acción,  a fin de que   el gobierno “de facto” de esa época, creara la actual Universidad de Atacama que   nace sobre la base de la violencia militar en connivencia con seudos-universitarios civiles, que atentaron en contra de la vida humana, encarcelando y torturando a cinco directivos de la universidad católica nortina, primero en el recinto carcelario de Copiapó y luego en el Campo de prisioneros políticos de “Tres Alamos” en  Santiago, la ciudad capital de ese Chile por ese entonces, aherrojada por los sátrapas, comandados por Pinochet. Esta historia debe ser conocida por la actual comunidad universitaria de este centro de educación superior: Alumnos, docentes y trabajadores, en general, para que tomen conciencia de los espacios mancillados,  que están pisando en el día a día del quehacer educativo, configurado hace 35 años atrás por el oprobio y la coerción anti-humana.

                  Oriel Alvarez, por ese tiempo,  en un artículo de opinión en el Diario “Atacama”, el día 2 de abril de 1975 manifestaba: “En el momento que la comunidad de la Universidad del Norte copiapina, celebra con mucho entusiasmo su primer aniversario, como un atacameño que compartía como la gran mayoría el sentido anhelo que contara esta ciudad con una Universidad más para la juventud, es motivo de alegría y también para hacer algunas reflexiones del indudable beneficio,  que su advenimiento ha significado para nuestra querida y sufrida Atacama”. Luego, alude a la acción cultural realizada para difundir la obra de escritores y figuras, junto al Grupo “Jotabeche”, en algunas oportunidades con la presencia de eminentes creadores, como el ya citado Andrés Sabella , Roque Esteban Scarpa o Arturo Pacheco Altamirano, entre muchos .En la Investigación, la acción  para determinar la riqueza marina en el borde costero de la zona atacameña, las experiencias agrícolas en el valle de Copayapu, la promoción del Museo Regional, con  su Director Daniel Cuadra, liberado de la cárcel copiapina por el Coronel de Carabineros, René Peri-integrante de las “palomas”- poeta e historiador, quizás una de las escasísimas figuras humanistas de Carabineros, a través de todos los  tiempos..Por supuesto, Oriel no alcanza a relevar la  primera y extraordinaria Exposición del Mar (EXPOMAR), realizada con motivo del 21 de mayo, cuando en Chile se recuerda la efemérides naval de Iquique y que causara tanto impacto en la comunidad por esos días, lo cual no fue impedimento para que el “halcón”” Alvarez Sgolia, teniente coronel y comandante del Regimiento copiapino, determinara concretar su plan maligno de apresarnos en el mismo recinto universitario, ante el escarnio público, entre los días 26 y 27 de mayo del fatídico año de 1975. 

                      Con posterioridad, Oriel abandonaría la ciudad de Copiapó, relegado a otro punto geográfico por el ya mentado “chacal” castrense. Los poetas se ensimismaron con sus metros, llegándose incluso a apresar al sabio-loco Johnny White por conspirar con los pájaros *. Cuando se inicia el retorno de la República a nuestra nación nativa, regresamos  a Copiapó en una visita relámpago. Ibamos invitados para disertar ante el Centro de Historia, sobre Simón Rodríguez, un personaje que descubrimos en el exilio venezolano. En esas 48 horas de permanencia, nos reencontramos con Oriel, triste y alegre y poetas de esos tiempos, como Tussel Caballero y Nalky Pessemti. La tristeza, por la muerte reciente de su amada esposa  y la alegría, porque las claridades habían desplazado a las oscuridades. Oriel, como sabía que el vino copiapino yo lo había comparado con el néctar de Zeus,** me invitó a unas de las “picadas” “Valle adentro”. Sin embargo, Oriel no escanció el licor sagrado, porque le había hecho una promesa a su esposa, recientemente fallecida, que no ingeriría alcohol alguno en el tiempo de vida que le quedara, pero se sentía feliz que yo lo volviera a escanciar, aunque fuera en mínima proporción, dado que el vino no es para beberlo solo, sino en compañía de los amigos para “arreglar” el mundo de cada día. Además, aprovechamos de intercambiar el conocimiento de José Cortés de Madariaga, un connacional descubierto por nosotros en Venezuela, quien fue discípulo de Francisco de Miranda y se convirtió en uno de los líderes de la civilidad que hizo renunciar al último Gobernador de España en la Capitanía General de Venezuela,Vicente Emparan, el 19 de abril de 1810. Por supuesto Oriel tenía información valiosa, por cuanto nos indicó que el padre de esta figura histórica había sido el Primer Gobernador y Fundador de la ciudad de Copiapó.

                          Hoy, cuando esos 33 mineros permanecen atrapados en el fondo de la tierra, desde donde, indudablemente, saldrán con vida, Oriel estará feliz en el espacio trascendente donde se encuentre, porque al igual que él y nosotros, estos mineros son verdaderos “rotos chilenos”, plenos de coraje, valientes  y aguerridos en circunstancias de tal naturaleza, cuando hemos tenido que salir adelante en renaceres, después de angustiosas situaciones límites existenciales, ya sea  por movimientos telúricos, derrumbes o cataclismos producidos por la naturaleza o por otros hombres , que pierden su humanidad y se transforman en criaturas malignas.

                        ¡ Oriel, será imperecedero tu recuerdo, mientras yo exista en este mundo terrenal, por tu bonhomía, tu alegría de vivir, tu solidaridad y afectos que me brindaste. Sólo, te deseo que continúes soñando en paz junto a tu amada esposa, Briceyda  y que tu descendencia continúe siendo bendecida por Aquél, que rige nuestras vidas terrena y espiritual, por toda una eternidad!

   *      Ver:”Johnny  White, el conspirador de los pájaros”: paginadigital.com.ar

 **         “     “El vino copiapino” Google.com

 

 

La  bodeguita de la esquina

                                                          R.V.A. (Inédita, 1987)

 

                       En búsqueda de unas cervezas bien frías, nos asomamos hace unos días atrás en la bodeguita que mantiene don Carlos muy cerca donde usted vive , es decir en el propio casco central de ésta -varias veces- ciudad centenaria de la Valencia, venezolana. Es una bodeguita muy acogedora. Mantiene el sabor por lo de antaño, afirmándose en el espacio y en el tiempo, a pesar de lo renovadora que resulta nuestra existencia con su ritmo tan acelerado de cambios. La bodeguita ofrece disímiles  artículos a sus variados clientes .Durante el transcurso del día expende alimentos, jugos y golosinas a todas las familias instaladas  en el entorno y al venir el término de la tarde empieza a recibir a una heterogeneidad de noctámbulos, charladores y hombres comunes y corrientes,  como nosotros,  que vamos a comentar una diversidad de temas que nos proporciona la vida cotidiana. Todos, tras el mismo objetivo: Buscando la fría cervecita, con la cual se calma  la sed y se anima una reunión en estos calurosos atardeceres tropicales.

                        La bodeguita de don Carlos  es muy peculiar. Se observan, adosadas a la pared,  viejas litografías con las imágenes del padre de la patria  y otros héroes relevantes de la historia nacional .Llama la atención, de igual modo, un retrato del progenitor fallecido, rodeado de flores naturales y artificiales. Un antiquísimo reloj de pared, que lleva con Don Carlos más de 40 años, marca las horas pausadamente como lo ha venido haciendo desde que lo construyeran .Y para animar la fiesta  y entretener a los visitantes, un no menos antiguo Wurlitzer ofrece a los trasnochadores la oportunidad de rememorar canciones románticas del pasado, además de una variedad notable de música  criolla recia  y ritmos sonoros del Caribe. Arriba, encima de un estante,  una vetusta radio mira –porque ya no funciona-la reunión festiva. Esta radio, cuenta don Carlos, tiene con él 35 años. Seguramente, tuvo una época de oro en los tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez, cuando estaban de moda Lucho Gatica, Raúl Shaw Moreno y el rancherista Pedro Infante. Dos pequeños televisores indican que don Carlos también gusta de las imágenes y el audio contemporáneos.

                          La fiesta, a decir verdad, arrancó cuando después de varias tandas de cerveza, los concurrentes de esa noche empezaron a acompañar al Wurlitzer  con dos juegos de maracas y un acompasado bongó,  con lo cual se complementaban las canciones de la Pequeña Mavare y de diferentes cantantes del folclore vernacular. En los inicios, no reparamos  en estos sonidos, pero a poco de transcurrir la velada nos dedicamos a escuchar y contemplar a estos ejecutantes, encontrándonos con eximios

exponentes de cada uno de estos instrumentos .Las maracas, pulsadas  por Carlitos, un estudiante de Medicina en pareja con el Characa, músico folclórico, nacido en Margarita y aclimatado en la región central del país venezolano. Un dúo excepcional, por el ritmo impreso y la belleza de sus movimientos. Finalizada esta primera actuación, nos acercamos al Characa  y nos confidenció  que era un estudioso del arte musical criollo, ejecutante de una diversidad de instrumentos. Lo demostró, cuando a Carlitos, el estudiante, lo reemplazó Angel, el bancario. Ahí, vimos al Characa como lo orientaba en las maracas para el logro de un sonido más perfecto. Porque, el Characa cuando toca el bongó se inspira y no acepta sonidos que disientan  con el ritmo. A mi acompañante, que esa misma noche incursionó en los dos instrumentos, lo aprobó en las maracas, pero no lo aceptó en la charrasca. Luego, tímidamente me acerqué a las maracas. Acompañé al Characa y logré pasar el examen. No me dijo nada. Tal vez sería porque me brotó aquel ritmo de muchos años ha, del tiempo de “Los Megatones”, conjunto musical de mi lejana  Huacana, que durante un buen periodo integráramos, con nuestro cantante Jhon Charles, y que tanto entusiasmo provocara  entre los viejos y los jóvenes  de la comarca.

             Pero la fiesta llegó a su culminación, cuando don Carlos se olvidó de la venta de cervezas a sus clientes y comenzó  a pulsar las maracas, para en seguida continuar con la charrasca. Los ritmos iban y venían: Characa ensimismado en su bongó y don Carlos expresando la vitalidad, a pesar de los años y nosotros participando activamente  con el vitoreo. Cuando el vetusto reloj de don Carlos ya hacía un rato que había marcado la medianoche, de improviso, el anfitrión apagó el Wurlitzer , guardó las maracas junto al bongó y procedió a cerrar la bodeguita. El Characa  se fue solo, tal como había llegado y nosotros partimos contentos por las gratas vivencias logradas en la bodeguita de la esquina..

            Cuando quiera, dese una vuelta por la bodeguita de don Carlos. Ahí, conocerá su Wurtlizer, probará unas cervecitas bien frías y quizás hasta se encuentre  con el Characa con quien podrá hacer un dúo, y por supuesto escuchar sus interpretaciones con el bongó y así podrá deleitarse una jornada, con lo cual podrá evadirse de los problemas de esta vida tan agitada y de tantas preocupaciones.


 

Mi madre en sus 90 veranos

                                              Reinaldo Villegas Astudillo

  Nació  con el nombre de María Ester hace, hoy 8 de febrero, justamente nueve décadas  atrás, en la localidad de Pemuco, situada en la Región de Chillán con olor  a trigo recién cosechado en una era con caballos y sabores naturales del sur de Chile, hija de Juan y Marta, mientras sus abuelos, Damián y Justina la recibían  con los sones de un arpa melodiosa de arrorró  infantiles.

   Luego, a raíz de la recesión económica, iniciaría con su familia paterna de los Astudillo-Castillo y materna, Sandoval-Garrido, el desplazamiento hacia la zona de Concepción, que empezaba a alborear  como industrial, tempranamente, con los Astilleros Navales de Talcahuano y posteriormente con la Compañía Acero del Pacífico, más comúnmente conocida como “Huachipato”. Primero, sería el puerto militar e industrial y luego Hualqui, la primorosa  “República” penquista , donde igualmente  en el otro febrero de 1940, caería en los brazos de José, el ya navegante  de siete mares, descendiente de familias vernaculares  hualquinas como los Villegas Candia y Jerez-Neira. Justo, a los nueve meses exactos, surgí yo a la vida en noviembre, mes de las flores y de la Virgen María , para acompañarla en sus ensueños, mientras leía novelas románticas en espera de su esposo-marino, anclado, en la isla de San Pedro, a la entrada del Golfo de Penas, como comunicante de la Armada Nacional..

         ¡Transcurrió el tiempo veloz! En 1945,  vendría al mundo su hija-reina, Silvia, justo en la Casa de las Flores, también acompañada por la abuela Marta y la bisabuela bíblica, Justina, junto a la tía Aída, hermosa joven  de ojos verdiazules -y quién se iba a imaginar-que Carlos Omar, el menor, arribaría en 1951, nada más y nada menos que en el Hospital de Viña del Mar, mientras el navegante surcaba  mares extranjeros y la abuela Marta arribaba por primera vez, desde el profundo sur a la ciudad.-balneario, donde yo la esperaba, anhelante, en una tradicional victoria, con mis 11 años a cuestas..

           Jamás, ni ella  ni la familia se imaginaron  que llegaría a estos hermosos noventa: Fue la más “enfermiza” de su generación, pero apoyada por las medicinas alopática y homeopática, con  una y otra intervención quirúrgica, aguas termales y clínicas naturistas de lodo y verduras, hoy se encuentra “enterita” entre Temuco y Panguipulli, donde reside  junto a su hija,  y en el verano, acompañada por los hijos “exiliados” voluntariamente, hoy: uno, en  Aysén  y nosotros, en tierras bolivarianas de Venezuela, a quienes aún nos trata como lo hacen las madres dulces, como si fuéramos los niños o adolescentes de siempre. De todas maneras, en este día, aunque no estemos  presentes en su totalidad, la recordaremos, además de sus hijos, 13 nietos y 15 biznietos, en espera que en unos “añitos” más se corone como tatarabuela, por cuanto hay algunos  descendientes  de la tercera generación, ya cercanos a la  “edad de merecer”, como decían los castellanos antiguos.

            Ahora, lo único que anhela, íntimamente nuestra amada María Ester  es ir a reencontrarse con el único amor de su vida, el navegante José, quien hace casi quince años partió en el último viaje hacia la Eternidad. Cada vez, que concurre al camposanto, situado en la ciudad del Cautín y le lleva  rosas blancas  y  claveles  rojos,   le pide a Dios, que se la lleve pronto para reencontrase para siempre con el único y gran amor de su vida terrena, con el cual  seguramente trascenderá, por siempre, ese día, cuando  el Creador lo decida, definitivamente.

             

 ¡Felices, 90, madre nuestra!

 


 

Ruiz-Tagle: entre la diafanidad y la penumbra
R.V.A

 

I.- Inicio: Concepción, año 1958

                  A Ruiz –Tagle, lo conocimos en marzo de 1958, cuando recién nos incorporábamos a la ilustre Universidad de Concepción  para estudiar Pedagogía en Inglés. Como  estaba radicado con mi familia en Hualqui, poblado situado a 23 kilómetros de la urbe penquista, frente al siempre imponente río Bío-Bío,época en el cual sólo se contaba con el ferrocarril como único medio de transporte, mi progenitor decidió financiarme una residencia. Buscamos la más económica y así fue como llegamos a una situada  en la calle O”Higgins 1212, donde ya habían arribado unos diez estudiantes y algunos empleados de empresas  privadas y públicas. Prácticamente, yo era el último inquilino que me integraba, lo cual significó que me asignaran una habitación desechada por estar situada en el centro de la casa, muy oscura, sin mayor ventilación y con un nivel mayor de humedad. Ahí, me instalé, desde donde me trasladaba a la Escuela de Educación, situada en el Barrio Universitario, a unas  siete u ocho cuadras, lo cual nos facilitaba el desplazamiento  para concurrir a ingerir el escuálido almuerzo que nos ofrecía la pensión, cada mediodía.

                  Dentro de los compañeros universitarios residentes, que en su mayoría, provenían desde lejanos puntos del país, Iquique y Antofagasta y otros de lugares más cercanos como Chillán y Los Angeles. Entre los provenientes de la región aledaña a Santiago, se encontraba Ruiz-Tagle, con quien intimamos mayormente por su carácter  cordial junto a una locuacidad permanente. A esas alturas, contaba con una mayor experiencia universitaria, porque estaba repitiendo el primer año de Leyes. Esto le otorgaba mayor antigüedad y experiencia, lo cual satisfacía nuestra condición de “mechones”, aún inexpertos y quienes estábamos  sujetos por nuestra inocencia a las bromas y jugarretas de que éramos objeto por los compañeros más antiguos de la universidad.

                  Ruiz- Tagle no era su verdadero apellido, sino su apodo, el cual se lo había ganado porque le agradaba de hablar constantemente de esas familias conspicuas chilenas, seguramente numerosas en la zona donde vivía ,dueños de fundos y haciendas, las cuales  eran descendientes de los primeros españoles que llegaron junto al séquito de Pedro de Valdivia en el siglo XVI y que posteriormente reforzaron los vascos, la mayoría artesanos y comerciantes , los cuales amasaron una fortuna , lo que les permitió fusionarse con las familias castellanas de prosapia y constituir la oligarquía chilena, que luego incorporó a agricultores como los alemanes; luego, vendrían los ingleses integrándose a la explotación de las minas del norte del país y europeos diversos que se enriquecieron  y  se integraron en  el sector oligárquico, llegándose a considerar todos como de “sangre azul”.

                   El nombre y apellido de Ruiz Tagle era común y corriente, de un nivel de clase media, por cuanto su progenitora era docente de una escuela primaria y se esforzaba por financiarle sus estudios con mucho sacrificio. Como todo “arribista”, Ruiz-Tagle se solazaba contando historias de esas familias, las cuales en sus relatos aparecían como sus amigas y confidentes.

                    En tanto, la dueña de la casa de hospedaje  era una señora esmirriada físicamente, poseedora de una voz aguda. Tenía dos hijos que frisaban sobre los quince años de edad. No supe  si era el mayor o menor al que identificamos por primera vez cuando estábamos en nuestro cuarto y salimos al  escuchar  que alguien ingresaba en la casa , entonando con una potente voz parte de un aria de  una ópera de Verdi. De inmediato, salimos hacia el pasillo para identificar al cantante. Cuál no sería nuestra sorpresa  de encontrarnos , cara a cara, con el hijo menor, de reducida estatura con niveles de enanismo, pero bien proporcionado, quien era un melómano empedernido de los clásicos.

                     Durante las tardes y primeras horas de las noches invernales, todo el mundo estudiaba, sobre todo los que cursaban  Ingeniería y Medicina, pero siempre había un espacio para la política nacional, cuando ya se asomaban las candidaturas de Allende, Frei y Jorge Alessandri para la presidencia, unos de los cuales sucedería a Carlos Ibáñez del Campo, que estaba por concluir su periodo de seis años. Indudablemente en Concepción los preferidos eran los dos primeros y nadie se imaginaba que el hijo del León, podía ser el triunfador porque se desconocía la realidad del centro de Chile, que al final significó el triunfo derechista, causando una gran desazón entre los allendistas y freístas que lejos ocuparon los dos primeros lugares en la votación regional. Por supuesto que Ruiz-Tagle  era el más dialogante, porque nunca estudiaba. Creo que en ese entonces simpatizaba con Allende, estimulado seguramente por un pariente suyo, que lo visitaba cada cierto tiempo y quien ocupó altos cargos en los tiempos de l Unidad Popular y en los primeros años de la Concertación.

                        Todo transcurría, plácidamente, hasta que cuando estaba finalizando el primer semestre de ese año ya citado, se produjo un impasse con la señora de la residencia,  la cual quiso aumentar el alquiler de las habitaciones con cierta desmesura. Me lo contaría Ruiz Tagle por teléfono, porque yo estaba disfrutando de mis vacaciones invernales en Hualqui, que el grupo se organizó. En primer término,  compusieron un himno, cuyo coro decía:”Somos todos estudiantes  de la U de Concepción,residentes en 1212 de panudos nada más”.Luego, venían estrofas dedicadas  a cada uno de los pensionistas, describiendo parte de sus características y procedencias, donde a pesar de nuestra ausencia no quedamos marginados. Posteriormente, una noche los residentes marcharon por la casona desde la puerta de entrada   hasta el fondo donde se encontraba la cocina . Esto impactó tanto, que la señora  Doralisa decidió terminar tales acciones “subversivas”, cancelando la estadía de todos. Fue así cómo dentro de un breve plazo los inquilinos partimos  hacia diversos hospedajes. Felizmente, Ruiz -Tagle había encontrado una habitación con mayor claridad y más abrigada  en una casa, situada en San Martín, cercana al Hospital regional y de una funeraria, cuya propietaria era una señora sobre los sesenta años y una hija que se acercaba a los cuarenta, donde vivimos tranquilamente. Sin embargo nuestra permanencia no fue muy prolongada, porque Ruiz Tagle al poco tiempo, creo que en el mes de octubre, decidió retornar a su terruño, fracasado por segunda vez. Su madre le envió el dinero necesario para financiar los últimos meses del hospedaje  y adquirir un pasaje en tren hasta su destino. Así, fue como un día, en la véspera, lo acompañé hasta la Estación de Ferrocarriles donde nos despedimos emotivamente, deseándonos mutuamente éxitos futuros en nuestras existencias, antes de iniciar el viaje en el tren Nocturno que iba a Santiago.

            Por supuesto, que por otros motivos, tal vez carencia de bases sólidas en el idioma  británico e igualmente desorientación, yo fui cayendo en el abismo,  lo que significó que un mes antes de concluir el año académico, me enrumbara a mi hogar con una sensación amarga de fracaso, el único en mi trayectoria estudiantil. Mi madre no concebía tal situación y cuando se lo comunicó a mi padre, éste se alteró y afirmó que ahora no me quedaba más que integrarme a la vida laboral. Felizmente, esta ira paterna desapareció y en el marzo venidero me incorporaba  a la Pedagogía en Castellano, junto a Dafne y Bernardo, que por razones similares habíamos padecido tan desolada experiencia. Los tres  decidimos seguir la misma ruta, la cual fue imparable hasta llegar en 1963 al ansiado título de Profesor de Estado, rindiendo exámenes de Pregrado y Tesis final ante comisiones de la U. de Chile, por cuanto en ese tiempo la Universidad penquista no estaba autorizada para estos menesteres y dependíamos de la universidad capitalina.

II.- Intermedio: Campo de presos políticos de Tres Alamos: Julio-Septiembre  1975.
                                                  
                  Después de haber transitado por la cárcel de Copiapó y haber observado vejada a nuestra sede de la Universidad Católica del Norte, por fuerzas militares azuzadas y respaldadas por las autoridades de la Universidad Técnica del Estado, en su mayoría miembros de las logias masónicas, arribamos al campo de prisioneros de “Tres Alamos”, enviados por un Teniente Coronel delirante , quien en su mente enfermiza difundió por los medios de comunicación, que  integrábamos una banda de guerrilleros que él denominó “Lobo Azul”, la cual pretendía hacer prácticamente desaparecer la ciudad copiapina., cuna del insigne Jotabeche, figura literaria eminente del siglo XIX..Lo cierto, es que en el mes de agosto recibimos en el campo de recluidos tres “relevantes” visitas: Hermógenes Pérez de Arce, Pablo Rodríguez y un Teniente de Carabineros, apodado el “Halcón”. En cada oportunidad nos hicieron formar: Los dos primeros en la oportunidad que le correspondió realizar la visita, sólo se solazaron en contemplar a quienes consideraban sus enemigos acérrimos. A cada uno de ellos, lo acompañó el “Patas Cortas”, Coronel de Carabineros a cargo de la prisión. Sin embargo el que más nos impactó fue el Halcón, un teniente policial, seguramente adscrito a la tenebrosa DINA. Arribó intempestivamente,creo que un sábado por la tarde, el cual fue recibido por el “Cuervo”,un sargento de carabineros, que cada dos días  comandaba la guardia del recinto. Primeramente, nos hicieron formar fila y el Halcón, contando con la compañía del  Cuervo se fue deteniendo frente a cada  uno de nosotros ,sin palabras, pero con una mirada profunda y aterradora que penetraba por todo el ser nuestro. Parecía que buscaba a alguien para llevárselo y tal vez hacerlo desaparecer . Felizmente, no encontró al que buscaba. Sus ojos eran fulguramente diabólicos, su boca, menuda y usaba un bigotillo negro menor.

III. Final: Enero de 1976

                   Por esos días nos encontrábamos ad portas  para salir al exilio venezolano. Toda la espera transcurrió en Santiago con un calor intenso. Para no fastidiarme, me inscribí en un Curso sobre Educación de Adultos, que dictaría Waldemar Cortés en la Biblioteca Nacional, quien había sido Director de tal especialidad en el Ministerio de Educación  en tiempos de Frei Montalva, del cual se comentaba que a pesar de su inteligencia y acervo cultural andragógico, “había saltado la talanquera” como dicen por aquí y se había ido a colaborar con la Junta Militar de Gobierno, traicionando el pensamiento de toda una vida, vinculados con un Cristianismo militante.

                     Creo, que fue el segundo día de actividades, cuando me desplazaba distraídamente hasta el salón de ese centro cultural bibliográfico, de repente alzó la vista y descubro a una pareja que venía dialogando alegre y locuazmente: Nunca me imaginé  quienes eran: Nada más y nada menos que el Halcón, que pretendió perforarnos internamente nuestro pensamiento en “Tres Alamos” junto – imagínense- a Ruiz-Tagle , que no veía desde hacía 15 años. De inmediato, tuve sensaciones diversas, sorpresa y temor. Logré contenerme  y creo que a él le ocurrió lo mismo. Indudablemente nos reconocimos, pero continuamos avanzando hacia el interior del auditorio, cada uno por su lado, sin que hubiese el mínimo interés  de lo que había sido de cada uno en ese interregno de tres lustros. Quizás, Ruiz Tagle, era agente de la DINA o podría haber sido un confidente o un especimen similar, por cuanto al observarlo fugazmente constaté que Ruiz-Tagle había descendido a la penumbra, al constatar que surgía complacido y alegre acompañando a tan tenebroso policía secreto.

 


 El regreso del Padre Araya

  R.V.A.

*(Artículo, publicado por primera vez en el Diario “El Carabobeño” de Valencia, en el mes de agosto 1987)

            

           Una gran mayoría de los ciudadanos chilenos residentes en el Estado Carabobo, cuentan con un amigo y orientador espiritual que nunca los ha olvidado. Se trata del sacerdote, Angel Araya, quien por un periodo de diez años se radicó en estos lares, específicamente en la población de Chirgua, donde ejerció su apostolado como párroco, realizando una labor encomiable que le mereció el reconocimiento de todos los habitantes de esa simpática localidad del occidente de  la región carabobeña. Paralelamente a este quehacer, el Padre Araya se dedicó a visitar a las innúmeras familias, que a partir de 1973, se residenciaron en esta zona. De esta suerte, el sacerdote fue desarrollando una labor de acercamiento entres estos chilenos  - en una gran proporción- desarraigados violentamente de su tierra nativa y que habían arribado en búsqueda de paz y tranquilidad a sus espíritus. Inolvidables son aquellas misas “a la chilena”, organizadas por el Padre Araya, a fines de la década de 1970, las cuales se celebraron cada 18 de septiembre, aniversario de la independencia nacional de Chile. Finalizado el oficio religioso, se daba paso a la celebración festiva propiamente tal, en alguna de las fincas de la comarca, donde se producía  una relación más íntima entre estos chilenos integrantes de la diáspora.

            Lamentablemente para estas familias sureñas, el Padre Araya tuvo que retornar a su país de origen el año 1982, dejando tras sí un recuerdo imborrable de su permanente acción pastoral. El Padre Araya, con sus casi 70 años a cuestas,  se fue a Chile para continuar asistiendo a otros hijos participantes de la doctrina cristiana. De inmediato, fue destinado por los superiores -casi todos obispos y hasta el propio cardenal Fresno habían sido  sus condiscípulos en el Seminario- a la hermosa localidad nortina  de Vicuña, tierra natal del primer Premio Nóbel de Literatura de Chile y de América, Gabriela Mistral. Allí, continuó la labor de asistencia espiritual. Comprobó la miseria y la pobreza, especialmente de los campesinos del Valle del Elqui, de igual modo tuvo la oportunidad de abrir su Casa Parroquial a más de un relegado, proveniente de un extremo del país, condenado a vivir desarraigado del lar nativo, por el régimen dictatorial en esa zona . Asimismo, sobre la base de su propia iniciativa, el Padre Araya fundó un Ancianato, que lleva el nombre de “Venezuela” y el cual se ha podido financiar en gran medida con el aporte de estos chilenos-venezolanos radicados en Carabobo. Diez son las personas que ya reciben los beneficios de esta institución de caridad, esperando incorporar dentro de poco a otros que están a la expectativa de una oportunidad.

            En estos días, el Padre Araya se encuentra de visita en Carabobo. Primero, le presentó sus saludos y felicitó por los cincuenta años de sacerdocio, al Arzobispo de Valencia, monseñor Henríquez y le solicitó autorización para celebrar una misa de reencuentro con la colonia chilena, a efectuarse en los venideros días, del mes en curso, en la capilla “La Purísima” de la Avenida Bolívar. El ilustre prelado carabobeño, de inmediato, accedió ante tal solicitud con el esmero y la gentileza que siempre ha manifestado con las inquietudes planteadas en diversas ocasiones por la comunidad chilena.

           El Padre Araya estará con nosotros hasta el próximo mes. Retornó como siempre, con su atuendo característico: Su sombrero alón (Chupalla),.los lentes oscuros y el bolso, donde puede llevar desde una sotana, pasando por una Biblia, alguna otra indumentaria litúrgica, o simplemente algunos obsequios que trae consigo para sus tantos hijos espirituales. Por supuesto, que ha ido a visitar a su ex feligresía de Chirgua . La otra tarde lo vimos feliz, porque ha comprobado  que su siembra se ha convertido en buena cosecha. Parejas casadas, que se han consolidado en su matrimonio; bebés bautizados, convertidos en niños sanos de cuerpo y de espíritu ; adolescentes, a quienes les dio su primera comunión, hoy, transformados en universitarios diligentes o trabajadores responsables. Cualquier día de éstos el Padre Araya se le aparecerá por su hogar, con la indumentaria de costumbre para invitarlo a la misa del reencuentro, pedirle su colaboración  para el Ancianato, a través de una rifa que ha organizado, o sencillamente  para departir con usted, degustando algo venezolano, ya sea un “bon” vaso de ron o una yuca sancochada, satisfaciéndole su natural preocupación por lo que acontece en Chile , y luego, continuará su marcha cotidiana  como soldado de Cristo , con su chupalla característica, sus lentes oscuros y su bolso cargado de amor y de sabiduría..

  

* Posteriormente, nunca más retornó el Padre Araya a Valencia y a la Región Occidental de Carabobo. Por viajeros, que arribaron desde Vicuña con posterioridad, supimos que había iniciado selviaje a la Eternidad en su sueño final, en la misma tierra donde descansa nuestra Gabriela Mistral en esos hermosos parajes andinos del Norte Chico con un cielo azul y una cordillera nevada, siempre protectora de los hijos que van y vienen por el mundo entero.


 

Hermosa y triste historia de amor

Reinaldo Villegas Astudillo

 

 (Este trabajo ha permanecido inédito hasta el presente, desde  el 28 de abril de 1986, cuando se entregó al Diario “El Carabobeño” de Valencia, el cual posteriormente , por diversos motivos que ignoramos, no fue publicado.)

          Innumerables y variados son los sucesos  que de una y otra índole  ha protagonizado esa gran cantidad de chilenos, que impelidos por las circunstancias creadas por la dictadura  tuvieron que emprender el rumbo del exilio, obligados directa o indirectamente  en busca de un sustento para sus grupos  familiares al encuentro con democracias de otras naciones, al haber perdido la que en Chile se mantuvo por 150 años. Nunca, se sabrá el número exacto  de exiliados –¿un millón o dos millones?- arrancados de su tierra  original, a partir  del 11 de septiembre de 1973.Todos, en su conjunto, constituimos  la diáspora repartida a través  del orbe, contando para ello con la solidaridad activa de los pueblos y de sus gobiernos libres y democráticos.

          En Bejuma, la tan hermosa localidad del occidente de Carabobo, se instaló una familia  chilena procedente de una pequeña ciudad del llamado “Norte Chico”, la cual se encuentra enclavada en la pre-cordillera  andina., coincidencialmente, con muchísima similitud a la urbe bejumera: clima exquisito, belleza del paraje y hospitalidad de los habitantes.

          El segundo hijo de este matrimonio, a quien cariñosamente sus padres, hermanos y paisanos lo llaman Valo,  reinició a partir  de los 11 años de edad la existencia en Venezuela . Primero, en la escuela, participando en juegos y actividades propias de los muchachos  de estas tierras, divirtiéndose  con la metra, el papagayo, la perinola o en el futbolito,  para luego incorporarse al Liceo. Cuando Valo tendría unos 16 ó 17 años,  conoció a una bellísima joven bejumera , con ancestros canoaberos, y que aún no alcanzaba los 15 años de vida. De inmediato, surgió entre ambos  un romance puro  de jóvenes idealistas y soñadores, como aquéllos que pintan las historias románticas  de los jóvenes de todos los tiempos. Valo empezó a alternar, así, su trabajo con los estudios nocturnos y el idilio con Celeste. Bejuma y sus contornos fueron testigos de esta relación  sentimental. Cotidianamente, se les veía felices, paseando por la plaza de la localidad o ambos instalados en la poderosa moto de Valo con la cual surcaban siempre las principales vías de Bejuma.

           El enamoramiento de Valo y Celeste culminó en la iglesia de la villa bejumera  en diciembre de 1984, cuando monseñor Bacalao los unió para toda la vida ante la emoción de quienes  contemplábamos la ceremonia, mientras a ambos contrayentes los invadía una intensa felicidad avizora de un futuro auspicioso.

           Perdimos contacto con la pareja por más de un año, pero por referencias  sabíamos de su vida conyugal . Nos informaron del nacimiento de su hija primogénita Carolina , una bebé hermosa que trajo la alegría  infantil para los jóvenes esposos  y para el resto de sus respectivas familias. Dicen que en la supermoto, Valo continuaba paseándose por las calles de Bejuma  y sus alrededores, ahora, con Celeste y la pequeña Carolina . La felicidad  había alcanzado  a un nivel de excelsitud…

           Pero…el destino le tenía reservada una terrible jugada al voluntarioso Valo. Un día cualquiera, Celeste y Carolina partieron para no retornar jamás al taller y casa de Valo, junto a otros dos seres queridos. En un viaje de Bejuma a  Maracay, se quedaron a la entrada de Valencia, cuando el carro, donde viajaban  saltó a la pista contraria, estrellándose y muriendo Celeste y su bella hija, además de su hermana, la conductora y su progenitora, salvándose milagrosamente uno de los hermanos.

            Con el apoyo de la familia , de sus  paisanos de la diáspora  del exilio chileno, radicado en la localidad, Valo se ha ido recuperando de este terrible golpe, a los 21 años de edad, ante la pérdida  de sus dos grandes amores: Celeste y Carolina. En su habitación quedan las fotografías, y los recuerdos .Una de estas imágenes corresponde  a ambos enamorados, antes de nacer Carolina, sosteniendo una flor, símbolo de un amor puro. Y en ese mismo espacio, se encuentran los juguetes, las muñecas de Carolina, con ojos tristes y esperanzadores, tal vez deseando  que llegue pronto la dueña para empezar a jugar.

            Valo continúa, cabalgando en su moto robusta por Bejuma y sus contornos y va buscando en el aire, en los rayos de sol y en las flores de los huertos y jardines la presencia de la joven esposa y su tierna hija. El sabe que lo acompañan, permanentemente, mientras se prepara con temple, para retornar a la patria  nativa con un indeleble recuerdo venezolano y recomenzar por tercera vez una nueva etapa en su existencia, precisamente, ahora, cuando los copihues empiezan a imponerse sobre la cizaña y se anuncia un amanecer democrático para la tierra del Libertador Bernardo O´Higgins, oscuramente mancillada en estos últimos doce años.

 


 

LA CUECA DE MI ABUELO

  Reinaldo Villegas Astudillo

 

      Quien se estime por roto avieso y chileno de buena cepa, debe bailar la cueca. Porque este baile es nuestro, nos pertenece a cada uno de nosotros. Viene del ancestro. De épocas pretéritas y patriotas antepasados. Es lo auténticamente nacional. Constituye, uno de los símbolos más representativos de la chilenidad y del amor por la tierra patria.

      La cueca  es una sola. Vive en el austro, vive en el sur y vive en el norte. Se hace presente en el campo, en la cordillera, en las minas y en el mar.

      Baila cueca el huaso, el trabajador, el estudiante, el pescador y el minero. Baila Chile, baila la tierra, bailan los bosques y los cerros, los valles y el desierto.

      Este baile chilenazo no está en el salón, ni en las academias. Existe y brilla en las fondas y ramadas dieciocheras del país entero.

      Es tan natural que nace con nosotros  mismos. Sin artificios. Forma parte  de nuestros ser vernacular.

      Si no me cree lo que afirmo, haga usted la prueba hoy, mañana y pasado. Cuando sienta la vihuela y el arpa; cuando las cantoras hagan vibrar las voces, desinhíbase y salga con su pareja a la pista. ¡Baile! ¡Sí, usted, sabe bailar! ¡Es patriota y chileno! Le va a salir el zapateo, desde el fondo de su alma.

      En mis años de infante, visualizo a mi abuelo en este mes septembrino. Esperaba con ansias el dieciocho. Se engalanaba como un novio para estrenar en las fondas su indumentaria de fino casimir. Se compraba una pipa de vino y se bailaba  cientos de cuecas; mientras,  mi abuela aderezaba las sabrosísimas empanadas de jugosas cebollas  y ardoroso ají, que ella misma sembraba y cosechaba.

     Mi abuelo bailaba la cueca como un chileno grande. Nunca se la enseñaron, pero cuán bien la interpretaba  junto a  la abuela,  con el pañuelo albo y el zapateo vibrante. De punta y taco. De taco y punta, hasta que lograba  hacer caer rendida  entre los brazos a su dama que cedía ante los requiebros y el avasallaje de un  galán conquistador.

     Tres eran las patas que mis abuelos danzaban con la briosa guitarra, pulsada por la comadre Tato y el tamborileo del compadre Alfredo.

    Se han ido, vertiginosamente, los años. Mis abuelos duermen tranquilos bajo la pródiga tierra chilena; pero la cueca tan verdadera y tan contagiosa que ellos bailaban continúa viva y fresca.

     Este 18 me iré, otra vez,  a las ramadas en busca de la cueca  de mis abuelos. Ahí, con seguridad encontraré a la comadre Tato y al compadre Alfredo. Ahí, estará la huifa y el zapateo. Ahí, hallaré  al  huaso,  al estudiante, y  al  pescador, junto con el  trabajador y el minero.

    ¡Y Ud. señora! ¡Y Ud. señor!  Sáquese las manos de los bolsillos y báilese  una cuequita hasta que levante chispas por el suelo, del polvo y de la tierra. ¡Usted es patriota y chileno! ¡Por eso, lo invito a bailar la cueca de tres patas que zapateaba mi abuelo!

      (*Este artículo fue publicado por primera vez en Chile, antes de que el autor saliera para el exilio venezolano, en enero de 1976. Posteriormente, fue reproducido en los septiembre  de los años 1991 y 1998 en órganos difusores, editados en la patria de Bolívar. Y, sólo el 18 de septiembre de 2006, lo difundió El hualquino.cl, P.W. de Hualqui, lar vernacular del autor,situado en la ribera norte del Río-Padre Bío-Bío. VIII Región.)



    Jhonny White, el conspirador de los pájaros

Reinaldo Villegas Astudillo

 

                   (Dedicado a mis hermanos escritores del Grupo Literario “Jotabeche” de Copiapó, el cual coordinamos entre los años 1974 y el fatídico mayo de 1975). Publicado por primera vez en : “Todamérica Democrática”  del Comité Chileno -Venezolano N* 9. Valencia (Venezuela), Primer Semestre de 1986)

      Nadie sabía cuando había llegado al pueblo, la edad que realmente tenía, de donde provenía  y de qué se sustentaba. Jhonny White  se había convertido en un personaje amigo de todos quienes le rodeaban. Jugaba en las plazas con los niños especialmente los días domingos cuando los infantes concurrían alborozados con sus padres a corretear por entre los hermosos jardines y fuentes de agua, alternando con las juguetonas palomas, cuya residencia la constituían los centenarios y frondosos  árboles de la comarca.

     De madrugada, se le veía conversando con los pájaros a la orilla del escuálido río, que descendía con mansedumbre secular de las altas montañas andinas. Otras veces, se marchaba  con los cateadores de minerales y desaparecía por semanas y meses, pero, retornando a su tierra adoptiva. ¡Ahí, va Jhonny White¡, gritaban los muchachuelos. Juguemos a la ronda con él, decían algunos, en tanto, otros preferían  el relato de historias y leyendas de los mineros.

     Ciertos vecinos lugareños, ya ancianos, indicaban que por Jhonny White no pasaban los años. Siempre representaba unos cincuenta, aunque en realidad tendría que estar frisando los cien. Decían  que era un libanés, que había arribado en un barco al litoral cercano, donde moría el riachuelo, junto a un numeroso grupo de inmigrantes provenientes de lejanos continentes, antes de comienzo del siglo. La mayoría ya descansaba en paz  bajo la acogedora  tierra del valle, enclavado como una franja en el desierto, después de amasar ingentes fortunas, que disfrutaban sus descendientes, manejadores  del comercio y de la banca.

     La única excepción a la regla estaba  representada por Jhonny White. .Nunca se interesó por acumular un capital detrás de un mostrador, en la venta de telas y de otros disímiles artículos a los esforzados obreros, que día a día le arrancaban las  riquezas a los mantos mineros cordilleranos. Prefería  solazarse en su contacto permanente con la naturaleza  y con la entrega de amor al prójimo. Le gustaba vagabundear por los lugares más recónditos  y remotos. Algunos lo llamaban loco, mientras que otros estimaban que era sabio. Entre estos últimos figuraban las mujeres y los hombres pobres de los caseríos, que se descolgaban por ls laderas de los cerros , observadores de la ciudad. Aquí, era consultado en cuestiones de amor o medicamentos caseros para los cuales Jhonny White siempre tenía  una acertada respuesta.

     Gozaba Jhonny White de una amplísima libertad y popularidad extraordinarias. Era el invitado de honor de las autoridades del pueblo en los aconteceres celebratorios de las gestas patrióticas regionales o nacionales. Siempre, se le reservaba un sitio de honor, entre los personeros prominentes que presidían los actos de la ciudad.

    Para la Fiesta de la Candelaria, Jhonny White , integraba los cuerpos de baile y de danza, ininterrumpidamente, sin descansar un instante durante los tres días y las tres noches en que se prolongaban las festividades religiosas- paganas.

     A Jhonny White  se le veía en la misa dominical , cantando con su voz de tenor, como asimismo en el templo evangélico con una guitarra a cuestas  en un acompasado aleluya . Estaba por encima de todas las religiones. Compartía las inquietudes espirituales de cada uno del villorio, echado en el valle.

     Jhonny White era un cantor y músico consumado. De improviso, surgía  con un instrumento de cuerdas y sus versos, e iniciaba un recorrido a lo largo de la faja, alegrando al campesino de la tierra verde y feraz, al minero de la sierra  y al pescador de la región costera.

     Los descendientes  de sus hermanos de raza lo despreciaban. Lo encontraban muy sensible y hasta vulgar, en especial Don Nicola , el presidente de la colonia, uno de los hombres más acaudalados de la zona , quien pactaba  con Dios y Satanás  con tal de observar su imperio acrecer.

     Don Nicola no sabía escribir ni leer, pero en negocios era un maestro pitagórico. A Jhonny White, lo trataba como un enajenado, porque recitaba  y dialogaba a solas con los pájaros .

     Algunas viejecillas comentaban que Jhonny White era un brujo, porque se mantenía  eternamente joven y aseguraban haberlo visto volar por el cielo azul con las aves del mar. Decían, además, que Jhonny  White no moriría  jamás  hasta no ver desaparecer el pueblo tragado y sepultado por los cerros fronterizos, tal como lo predijera el Monje Negro, hacía ya dos siglos atrás..

     La gente fallecía. Cambiaban los gobiernos y Jhonny White se mantenía perseverante  vivo, en sus juegos con los muchachuelos y su amable coloquio con los pajarillos musicales.

      A Jhonny White, le encantaba la poesía  y por esa razón concurría a los encuentros públicos que los poetas daban ya en el río, ya en el mar o ya en el cementerio. Ahí, Jhonny  White  se ensimismaba , parecía evadirse con el  arrobo que le producían las melodías y los metros.

     La única vez que se vio triste y cabizbajp  al sabio-loco del pueblo fue cuando el escuálido río bajó con sus aguas teñidas de rojo, después que desaparecieron en la montaña los jóvenes  apresados por los militares detentadores por la fuerza del gobierno. El río se vistió de rojo sangre  durante cuatro días. No era la rojedad del cobre, ni del hierro. Era el color sanguinolento de la juventud del poblado.

     Pero, Jhonny White  tenía que seguir viviendo, aunque ignoraba  que su existencia se empezaría a tronchar, cuando irrumpió en el medio un nuevo  Teniente Coronel, quien en sus primeras declaraciones se calificó de anti-todo: anti-inteligencia, anti-poeta, anti-minero, anti-pescador, anti-pájaro, anti-loco. Venía poseído de nuevas ideas , de un nuevo orden de un nuevo ideario y de un nuevo humanismo.

     En su primer bando, prohibió las reuniones de los poetas y de los escritores por su lenguaje ininteligible a su reducido intelecto. Consideró que podrían amenazar la seguridad del pueblo.

     Ordenó, como primera medida de bien público, encarcelar al intelectual de la Casa Cultural de la ciudad, porque estaba  desarrollando mucho el quehacer espiritual, con lo cual distraía a los habitantes y los alejaba  de las marchas militares y fiestas de carnaval.

     En otra  instancia, hizo apresar a los profesores universitarios por arrancar del letargo colonial a las familias de la región, quienes con entusiasmo se estaban entregando a las artes y a las ciencias.

     Y, por último, en otro bando, declaró persona “non grata” a Jhonny White  por vagabundo y pretender ser amigo de los pájaros.

     Jhonny White  se angustió, pero Don Incola se alegró, porque él era partidario del “nuevo orden” y de la saludable filosofía  preconizada por el Teniente- Coronel. Además, sus respectivas mujeres  habían intimado y ya Don Nicola le había entregado una de sus mansiones para que el Teniente Coronel  la utilizara como residencia hasta cuando quisiera. Lo mismo había sucedido  con uno de sus apartamentos  de la ciudad-capital. Le cedió  las llaves al Teniente-Coronel para que dispusiera en todas aquellas ocasiones de traslado a la capital, para informar a su General de la imposición del “nuevo orden”.

     Fue, justamente, un día domingo por la mañana, después de haber asistido a la misa de la Catedral, cuando fue sorprendido Jhonny White por los esbirros disfrazados  del Teniente- Coronel  en su acostumbrado coloquio con las aves de la ciudad.

     Se le acusó, de inmediato, de conspirador. Las reuniones se habían prohibido y como se desconfiara del poder de Jhonny White  en su contacto con las avecillas,  se le privó por primera vez en su tránsito por el mundo de la libertad de movimientos.

     Se le condujo a un alejado predio-agrícola militar. Lo acomodaron en el corral de los puercos, fuertemente amarrado con alambres de oscuro cobre. Además, se le rasuró la barba y se le cortó su larga cabellera negra  por calificársele  de peligrosos guerrillero.

     Por espacio de cinco días, permaneció Jhonny White  sometido a flagelaciones  y encierro. Al sexto día, fue autorizado para concurrir a una cloaca enclavada en un puente colgante sobre el escuálido río, en compañía de una severa custodia militar, para evitar  así una posible huida del conspirador de los pájaros.

     Jhonny White , apenas podía caminar. Sin embargo sintió el estímulo de una avecilla del valle  que, tímidamente, lo seguía por entre los árboles. Jhonny White se detuvo y le transmitió su saludo, al tiempo que una ráfaga de   metralleta estremecía sus entrañas  y mataba a la frágil hermana, portadora del amor y de  la paz celestiales.

     Jhonny White no llegó a la cloaca. Se le redujo más sañudamente , con el apoyo de más esbirros  del Teniente- Coronel. Se le amordazó e inmovilizó con nuevos alambres  de oscuro cobre  y se le encerró en un cuarto de escasas dimensiones..

           Al llegar la noche, parece que Jhonny White trataba de emitir sonidos que correspondían a un extraño idioma. Los centinelas no le entendían. No sabían si trataba de cantar o de llorar. Sólo, se enmudeció  al venir la alborada ,cuando los pajarillos anuncian la libertad de las tinieblas.

           Uno de los guardias, al abrirle la puerta del cuarto, a una hora en que el sol iluminaba desde el oriente, dio un alarido de espanto, porque en reemplazo de Jhonny White contempló a un hermoso y emplumado pájaro blanco, que yacía postrado con sus alas abatidas, cubierto de una sangre roja y brillante, color a tierra y con olor a rosas de huerto

 


 

 

 SALUTACIÓN A DON RÓMULO GALLEGOS

 

                                                         Reinaldo Villegas Astudillo

 (Elaborado en 1976, luego publicado  en el Diario “El Nacionalista” de San Juan de Los Morros, el 2 de agosto de 1980, y posteriormente en “Brilla el Sol”, órgano del Centro de Estudios Sociales y Políticos “Eduardo Frei Montalva” de Valencia ,N* 46 -47.Julio-Agosto 1992).

         ¡Muy buenas tenga usted, Don Rómulo Gallegos! Tranquilo y sereno, en su descanso eterno bajo ésta su maravillosa tierra que le vio nacer y le acompañó en su paso existencial y terreno.

          Hoy, he venido  Don Rómulo a contarle de mi llegada hace ya un tiempo, hasta su país tan vital y auténtico. Yo provengo de de la cordillera nevada, sur y andina. De esa faja terrígena que por más de cuatro mil kilómetros  mira impertérrita  a ese no tan aquietado Pacífico Océano . ¡De Chile, Don Rómulo!.! De la patria lluviosa nerudiana, de la patria soleada mistraliana!

          Gracias a usted, Don Rómulo, ya conocía a su Venezuela amada; pero le confieso hidalgamente cómo la realidad ha superado a la ficción. Me he estado enfrentando a un mundo de cepa noble y hospitalario corazón. Estoy, verdaderamente, emocionado con el impacto del hombre y de la tierra,:las sierras y el mar; la música y la poesía.

           Ya he saboreado, Don Rómulo, el pabellón criollo. Con qué agrado he paladeado esa carne mechada con las caraotas negras y el plátano horneado. Sí, Don Rómulo, acompañado también del queso de mano y la arepa sabrosa, allá en la casa de doña Lucrecia.

           He bajado a La Guaira, a Caraballeda y Naiguatá. Y me he solazado con las tibias, azules y claras aguas del Mar Caribe.

           He conocido a Don Arístides y a Don Enrique, a la Chichí

 y a la Chachá. Venezolanos de cuño y lomo, que me han permitido palpar y compartir la esencia de la bondad, la bonhomía y la fraternidad del hermano americano.

           ¡Y sabe que más Don Rómulo! He alcanzado, de igual modo a la caliente tierra apureña, a la cuna de su hija ,Doña Bárbara. He viajado por los llanos centrales y por ese grandioso mar de verde , esa vastedad infinita, recorriendo cientos de kilómetros  por San Juan de Los Morros y Calabozo adentro hasta arribar al Apure caudaloso. Y por ahí me he enfrentado a Doña Bárbara . He dialogado con ella .Le he declarado que la conocía , desde la distancia lejana , por referencias suyas , en su palabra y en su verbo.

           Me sorprendió esta mujer, Don Rómulo, en la realidad presente por su notable cambio. Entre otras cosas, abandonó la cabalgadura. heredadda del hidalgo manchego y la reemplazó por un jeep, un carro japonés de nombre femenil: Toyota.

           Me recibió con amistad y cariño, entre arisca y coqueta .Me presentó a la señora y reposada iguana, a unos caimanes juguetones vecinos del río y a las garzas blancas de los esteros verdes; a millares  de multicolores avecillas  que volaban y trinaban por la sabana y la llanura pródigas.

           Creo, don Rómulo, que Doña Bárbara ha continuado asimilando el influjo de los descendientes luzardianos , pe se ha ido adaptando a los nuevos momentos ; porque ahora eatudia en ls Escuela Normal,maneja empresas mecanizadasy mantiene acciones en los bancos.

           Ha sido maravilloso y gratísimo este encuentro, Don Rómulo, con su paisaje y su pueblo. Me he sentido con el espíritu elevado y revivificante, en la acogida espontánea y natural de esta mujer aguda y sincera, en la amistad iniciada con ese llanero bondadoso y hospitalario, entre “palos”de refrescante cerveza y jugosas parrillas reseras. Ese mismo llanero del sombrero alón y de indumentaria típica que rumbea por los intrincados e innúmeros senderos del llano. Me he enamorado de las gráciles garzas de vistoso plumaje y he cantado con las aves libres  de los bosques frondosos.

           Así, Don Rómulo, al evocar su obra, redescubrí su mundo que por vez primera lo aprehendí en mis lecturas de adolescencia, ya un poco lejanas.

           Continúe usted, en su reposo Don Rómulo, en ese dormir de sueño y de sosiego. Su tierra y su gente viven en paz ,amor y trabajo tesoneros. Y nos tienden la mano fraterna y amplia con sus “vales” y sus “vainas, con la yuca y el sancocho, con la libertad de Bolívar y su democracia señera  en la América presente. A nosotros, en especial, hombres de sur y de cielo en este trago amargo que actualmente estamos sorbiendo.


 

El Vino Copiapino

(DICAO)

 

 

(Dedicado al jotabechano  escritor y cronista  del Desierto de Atacama, Oriel Alvarez Publicado el 6 de septiembre  de 1974, en el Diario “Atacama “ de Copiapó  y reproducido en “Brilla el Sol”, N* 38  de noviembre de 1991, en Valencia. Venezuela).

 

 

   No es que yo sea  un bebedor consuetudinario o un beodo constante. Bebo, de cuando en vez como un chileno de cepa y corazón. Lo hago, porque se establece  un contacto más cordial y amigable  con los hombres y de igual modo  con la tierra, a través de la sustancia etílica  vaciada por la uva de una vid, situada en una planicie o en una altura, siempre en búsqueda del sol que la madura y la tonifica, para convertirse a su tiempo en un líquido sabroso y agradable; primero, cuando surge en forma de chicha y después  como vino propiamente tal.

 

   El chileno se identifica con su vino. Tal vez, sea por la delicia que produce en el paladar, o quizás por la fama adquirida más allá  de las fronteras naturales, donde  se ha permitido competir con sus congéneres, desplazándolos  a todos por calidad y gusto.

 

    El vino, junto a la empanada, configuran la esencia de la chilenidad. Y, si a lo anterior, le agregamos nuestro baile nacional – la “cueca zapateá  y de pat’ën quincha”- se estructura una trilogía de elementos que completan y afincan nuestro gentilicio.

 

    En días, pasados tuve la oportunidad de entrar en contacto con tan mentado vino copiapino. Muchas eran las referencias que había recibido de este “caldo” del valle, ya fuera en el relato de una anécdota o por la charla del corro de bebedores, que ilustraban los estragos provocados por este producto del feraz valle surcado por el río Copiapó.

 

    Entre estos relatos, me quedó grabada la que le ocurrió a un muy amigo mío, proveniente del Valle del Elqui, que sucumbió en  el villorrio de San Fernando ante un contundente  vino copiapino, que lo hizo extraviarse cuando finaba el día entre unos maliciosos chañares, sin que pudiera encontrar  el camino de vuelta a su hogar.

 

    Para salir de dudas, acepté la invitación gentil de tres copiapinos de tomo y lomo. Rumbeamos hacia el interior del valle y refugiados por la sombra de un antiguo y acogedor corredor de una casona de campo, iniciamos la degustación del aromático  producto de la asoleada vid copiapina.

 

   Una vez que depositaron en el vaso el primer contenido líquido que me asignaron, observé en primera instancia el color rosáceo y luego aspiré hondamente la esencia emergente. Parecía, en tono desafiante, invitarme a que lo ingiriera.

 

   Bebimos vaso tras vaso, mientras arreglábamos el mundo, charlando no tan sólo de lo humano, sino que también de lo divino. Acabamos una primera botella, para dar paso luego a una segunda. Lo que se había iniciado como un modesto aperitivo parecía transformarse en una libación abundante.

 

   Ya consumido el segundo envase, empecé a sentir los primeros efectos de este amigo copiapino recién presentado. Veía en duplicado a mis vecinos, quienes estaban enfrascados, ahora, en una aguda e interesante polémica regional. Sentía el ardor en mi cara, un entrecerrarse de ojos y un desasosiego desacostumbrado en mí.

 

   Los amigos invitantes gozaban al verme impactado por el vinillo tan abrasador. Se vanagloriaban de su firmeza para beberlo, sin experimentar ellos mayores alteraciones orgánicas.

 

   Tres fueron las botellas prodigiosas, que penetraron en nuestros organismos y que nos afectaron de modo tan gravitante.

 

   Al abandonar la casona solariega, éramos los cuatro amigos, otros seres. Dialogábamos con una pesadez en la lengua y los movimientos de nuestras articulaciones.

 

   Personalmente, me sentía derrotado por el copiapino, luchaba íntimamente para doblegarlo, porque no podía aceptar las apariencias demostradas por mis acompañantes, que parecían no haber acusado el ataque del elixir bebido.

 

   Me tranquilicé, sin embargo, al comprobar que uno de estos amigos copiapinos comenzaba a sentirse mal. Le crecieron los ojos, se le cayó el pelo y también su santa humanidad, al no tener la suficiente fuerza para alzar sus pies en los cortos escalones de una igualmente corta escalera. Ahí, me sentí un tanto victorioso, porque constataba que yo no era el más golpeado por el néctar copiapino.

 

   Pero ¡Oh! ¡Sorpresa! Descubrí que este amigo tampoco era copiapino, sino que vallenarino y aseguraba en sus atropelladas palabras que profería, de la venganza de los huasquinos, cuando nos invitara a su tierra a beber, el pajarete, derribador igualmente de gigantes.

 

   Para concluir, diré que ahora ya respeto al vino copiapino. Mi experiencia etílica me había hecho conocer, entre otras sustancias líquidas, a la chispeante chicha  de manzana de Panguipulli, Calafquén y Gorbea, allá por las provincias de Valdivia y Cautín. Asimismo en mi bitácora se encontraban los vinillos de las vides instaladas en las alturas, donde se enclava  nuestra  nativa “República de Hualqui”, que bordea la ribera norte del  Bío Bío,  río mayor del sur de nuestra patria chilena .Igualmente, la chicha y el vino de Nancagua y Pelequén, entre Colchagua y O´Higgins. Pero, con sinceridad, debo ahora señalar  que el vino copiapino, tiene que haber ocupado el lugar, como lo dijo el poeta, del licor sagrado que el garzón de Ida administraba al dios de los dioses del Olimpo: Aquel omnímodo Zeus.

 

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