Establecido
lo anterior, surge la exigencia de esclarecer el papel que desempeña
la noción de idea en el contexto genérico de “historia de las
ideas”, y con mayor razón en el específico de “historia de las ideas
filosóficas”.
No
se trata de una exquisitez semántica, aunque no hubiera andado
errado Ortega cuando en su preocupación por renovar la historia de
las ideas filosóficas postulara en una “nueva filología”. Fue
haciendo teoría de la historia de la filosofía de las ideas puras o
abstractas: no pueden ellas ser historiadas por la sencilla razón de
que no tienen historia. Le faltó, empero, llevar esa crítica a
todas sus consecuencias.
Dijo por lo pronto entonces, en el lugar arriba citado:
“Ninguna idea es sólo lo que ella por su exclusiva apariencia es.
Toda idea se singulariza sobre el fondo de otras ideas y contiene
dentro de sí la referencia a éstas. Pero además ella y la textura o
complexo de ideas a que pertenece, no son sólo ideas, esto es, no
son puro “sentido” abstracto y exento que se sostenga a sí mismo y
represente algo completo, sino que una idea es siempre reacción de
un hombre a una determinada situación de su vida. Es decir, que
sólo poseemos la realidad de una idea, lo que ella íntegramente es,
si se la toma como concreta reacción a una situación concreta.
Esa
historicista manera de ver, en la que resuenan ecos vitalistas,
pragmatistas y hasta dialécticos, pasó tal cual a la concepción de
la historia de la filosofía en particular, y de las ideas en
general, que Gaos profesó y difundió en nuestra América. Consideraba
él que no sólo se justificaba a la escala universal que tenía en
vista Ortega, sino que, además, era la única capaz de hacer justicia
a las peculiares características de la historia de la filosofía en
los países nuestros. En el ámbito latinoamericano la reforzaban
paralelamente, desde el campo dialéctico, las muy afines ideas que
sobre la historia de la filosofía propagaba Rofolfo Mondolfo.
Subrayaba éste la necesidad de vincular siempre la reconstrucción
histórica de la especulación filosófica con los múltiples factores
ofrecidos por la vida, en el marco de la historia global de la
cultura.
En
esos y otros concurrentes desarrollos, un mal entendido ha
perturbado, sin embargo, la comprensión del verdadero carácter de la
historia de las ideas. Es el que resulta de la ambivalencia radical,
en este dominio, del término idea: la idea como abstracto concepto
general, y la idea como afirmación o negación, es decir, como
juicio. O sea, lo que vamos a llamar la idea-concepto y la idea -
juicio.
Todo el debate teórico sobre la historia de las ideas ha
girado en torno a las ideas en tanto que conceptos, mientras que de
hecho ella -la historia de las ideas- se ha ocupado y se ocupa de
las ideas en tanto que juicios. Por desconcertante que esto pueda
parecer, no sólo registra un generalizado desenfoque, sino que da
explicación a muchos equívocos doctrinarios que al respecto han
tenido lugar.
Naturalmente, cualquier vocabulario del ramo informa
sobre la multiplicidad de acepciones gnoseológicas y metafísicas,
que el término idea, desde su memorable bautismo en la escritura
platónica, ha recibido a lo largo de la historia de la filosofía. No
se trata de eso aquí. Lo que a nuestro objeto importa es la versión
de la lógica formal, en su plano más directo y obvio. El juicio no
recibe en ella, en cuanto juicio, la denominación de idea. Pero
siendo conceptos, y por lo tanto ideas sus tres clásicos elementos,
tanto en el lenguaje corriente como en el de las más diversas
disciplinas científicas y filosóficas, la estructural unidad del
juicio aparece como la formulación o enunciado de una idea, y de
una idea sola: una especie de idea síntesis de los tres conceptos
combinados en la actividad judicativa. Por más que el nervio de ésta
sea la afirmación o la negación lógicas, aunque puedan expresar
dudas o incertidumbres psicológicas o gnoseológicas –carecen ambas
de todo sentido sin el papel siempre unificante de la atribución que
llevan a cabo. Pues bien, es de las ideas en que esa acepción
integradora o sintética, cargada del dinamismo intelectual y
afectivo impuesto a la forma lógica por el juzgamiento psicológico,
que se ocupa la historias de las ideas.
De ellas es que se ocupa, y sólo de ellas. Es decir, se
ocupa sencillamente de juicios, más allá de los puros conceptos con
que se construyen éstos o a cuyo propósito ellos se emiten. Bien
entendida, la historia de las ideas en el sentido de conceptos , de
Dios o de sustancia , de espacio o de tiempo, de libertad o de
progreso, de independencia o de nacionalidad y así se modo
indefinido ,no es –cuanto historia-más que la historia de las
proposiciones por las que se expresan gramaticalmente los juicios
que han motivado en la sucesión de las épocas: vastas series de
afirmaciones y negaciones sobre tales o cuales temas o problemas;
más o menos fundadas o infundadas, sistemáticas o no, pero claves
siempre de la vida humana en su concreta existencia social e
individual. No otro sentido, por supuesto, tiene la historia de las
ideas que se organizan o formulan en “ismos”: historias de las ideas
racionalistas o empiristas, espiritualistas o materialistas,
iluministas o positivistas, liberales o socialistas, impresionistas
o cubistas, cristianas o mahometanas, y cuantas otras se quiera
recordar. No otro sentido, tampoco, tiene la historia de las ideas
sustentadas por los pensadores o filósofos individualmente
considerados : ideas de Sócrates o Santo Tomás. de Descartes o Kant,
de Bello o Vaz Ferreira. En definitiva, en todos los casos, historia
de ideas-juicios.
El manejo del vocablo idea en el implícito sentido de
juicio es de tradición en la historia de la filosofía. Lo es
igualmente en el lenguaje propio de la conciencia natural. Tal
sentido es el que por extensión reciben otros vocablos abarcados
también por la historia de las ideas en su más lato alcance:así, los
de creencia y opinión; y hasta el de sentimiento, cuando con éste se
alude a la tonalidad afectiva de una representación intelectual,
como en las expresiones sentimiento democrático o sentimiento
pacifista. Detrás de todos ellos, es una proposición o un conjunto
de proposiciones, o sea, un juicio o un conjunto de juicios, lo que
está operando vitalmente. Por eso, todos ellos se reducen, en
definitiva, a pensamientos, que no son pasivos repertorios, y menos
repositorios de conceptos. Pensar, ya se sabe, es juzgar .
El
pasaje de Ortega últimamente transcrito, tenía por núcleo la tesis
de que “una idea es siempre reacción de un hombre a una determinada
situación de su vida”.Dicha tesis, y con ella el pasaje entero, se
iluminan desde que por idea se entiende, no ya un concepto, sino la
aseverativa conexión de conceptos en que el juicio consiste. Esa
concreta reacción humana allí mentada es la reacción –o respuesta-
que se manifiesta a través de la decisoria, tanto como vital,
operación del juicio . Toda respuesta comporta un juicio, explícito
o implícito. El alegato orteguiano contra la posibilidad de una
historia de las ideas abstractas –desde luego oportuno-hubiera
sido, entonces, más contundente si se le hubiera incorporado la
advertencia de que en el curso de la historia es como juicios que
las ideas funcionan.
“De los abstractos no hay historia”, insistía. Es cierto.
Pero la historia de las ideas, incluso las filosóficas, entendida
como historia de ideas-juicios antes que de ideas-conceptos, no es
historia de abstractos, Por eso es preciso darle también la razón
cuando, teniendo en vista en primer término la historia de la
filosofía, concluye : “es vano querer hacer historia si se elude
hablar de hombres y colectividades de hombres”.
Buenas palabras para legitimar la historia de las ideas
filosóficas, o sencillamente la filosofía, en nuestra América
Ninguna abstracta universalidad existe capaz de suplir lo que han
tenido de propio, o –conforme a la expresión de Gaos- peculiar, las
situaciones y circunstancias a que ha debido responderla conciencia
filosófica de los hombres y colectividades de hombres de la América
Latina.
III
Cuando
de manera simultánea ,pero no concertada, Francisco Romero en Buenos
Aires y José Gaos en México fundaron en 1940 sendos centros
académicos destinados a recuperar el pasado filosófico
latinoamericano, este pasado había sido objeto ya de diversas, a la
vez que dispersas, tentativas historiográficas.
Algunas de ellas se remontaban al siglo XVIII, por obra
de plumas mexicanas que historiaron, sobre la materia. En el XIX,
otras manifestaciones esporádicas en más de un país. A principios
del XX, por primera vez una visión continental de conjunto, bajo la
forma celebrado en 1908 en Heildelberg: Las corrientes filosóficas
de la América Latina del peruano Francisco García Calderón. Dada la
ocasión, era por primera vez también que la historia de la
filosofía en Latinoamérica golpeada tímidamente a la puerta de la
historia universal de la filosofía. Después, distintos ensayos
nacionales, más repetidos en la década del 30, en la que al mismo
tiempo aparecen algunas nuevas perspectivas continentales.
Pero es a través de aquellos episodios institucionales
del año 40, que la urgida preocupación, más que el solo interés por
la historia de la filosofía en nuestros países conduce a un general
movimiento por el que se radica prácticamente en todos ellos, su
estudio sistemático . Desde la Cátedra Alejandro Korn del Colegio
Libre de Estudios Superiores de Buenos Aires, y desde el Seminario
de Tesis del Colegio de México, coordinado con la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, los maestros Romero y
Gaos, respectivamente, fueron los verdaderos fundadores de dicho
movimiento. Anudando sueltos hilos anteriores, imprimieron desde el
primer momento a sus empeños, un común espíritu continentalista. En
el transcurso de un prolongado viaje de investigación por toda
Latinoamérica, de mediados de 1945 a mediados de 1946, un joven
pensador formado en el Seminario de Gaos, unificó de hecho ambos
focos. Tal fue la histórica misión cumplida entonces por Leopoldo
Zea, llamada a institucionalizarse a su vez en el Comité de Historia
de las ideas en América, con sede en México, fundado en 1948 y
dirigido por el mismo Zea desde entonces hasta la fecha.
Estudios monográficos, panoramas nacionales y
continentales, reediciones de clásicos nuestros, antología y
bibliografías, se han ido incrementando de modo cada vez más
orgánico de aquella década del 40 en adelante .Si no han acabado el
edificio, en sí mismo inacabable, han por lo menos puesto ya sólidos
cimientos a la historia de la filosofía en Latinoamérica.
Por
coyunturales razones, de profundo sentido para la conciencia
filosófica latinoamericana, tal movimiento historiográfico se ha
producido entrelazado, pero no confundido, con otros dos paralelos
movimientos intelectuales: hacia un extremo , el movimiento, también
historiográfico, de la historia de las ideas , sin más; hacia el
otro extremo, el movimiento teórico en torno al problema,
estrictamente especulativo, de la filosofía latinoamericana.
De las relaciones conceptuales entre la historia general
de las ideas y la historia particular de las ideas, sin más, hacia
el otro extremo, el movimiento teórico en torno al problema
estrictamente especulativo, de la filosofía latinoamericana.
De las relaciones conceptuales entre la historia general
de las ideas y la historia particular de las ideas filosóficas,
hemos hablado. La segunda se nos ofreció como un sector de la
primera. En la práctica , el contemporáneo cultivo de la historia de
las ideas filosóficas en Latinoamérica, se ha dado en el ámbito más
amplio de un intenso esfuerzo de reconstrucción histórica de los más
diversos tipos de ideas .Sólo, que en primer lugar, esta misma
historia de las ideas , sin más, ha sido en todas partes, ora
directamente impulsada, ora indirectamente estimulada por estudiosos
de la filosofía, y en segundo lugar, como consecuencia de lo
anterior, de la historia de las ideas filosóficas ha recibido ella
orientaciones de doctrina al par que pautas metodológicas… Por su
generalidad teórica, el pensamiento filosófico condiciona en cada
época todas las demás manifestaciones de la inteligencia, lo que no
puedo menos que reflejarse en las historias respectivas.
La historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica ha
venido siendo así la gran animadora o reanimadora de la historia de
las ideas científicas o religiosas, estéticas o pedagógicas,
políticas o jurídicas, sociales o económicas, en nuestros países. No
se identifica, empero, con ellas: es el suyo, en rigor, un dominio
diferenciado, a la vez que tan sectorial como cualquiera de los
otros. Dicho sea sin olvidar la pertenencia a ese dominio, del
pensamiento filosófico aplicado, en tanto que filosófico, a las
mismas correlativas áreas: filosofía de la ciencia o de la religión;
del arte o de la educación;de la política o del derecho; de la
sociedad o de la economía .Importa consignar que estas filosofías
particulares establecen una permanente comunicación, a menudo de
gradación insensible, entre las ideas filosóficas y las demás clases
de ideas.
Más complejas resultan ser, en la dirección opuesta, las
relaciones entre la historia de la filosofía en Latinoamérica y el
problema de la filosofía latinoamericana. Más complejas, por dos
razones .Una, que este problema incluye, entre las distintas
cuestiones que lo integran , la de las características en nuestro
continente , no ya de su filosofía sino de la historia de su
filosofía, la naturaleza de sus fuentes, lo específico de sus
recursos metódicos, sus singulares relaciones con la historia
universal de la filosofía. Otra, que la elaboración de la historia
de nuestras ideas filosóficas ha venido siendo considerada – a la
inversa- como condición fundamental, y por lo mismo tarea previa,
para la definición autonómica de la filosofía latinoamericana .En
conjunto, el particular problema de la historia de la filosofía en
Latinoamérica,como capítulo aplicado del llamado, con la expresión
consagrada desde Windelband, el problema de la historia de la
filosofía.
Al inaugurar en 1940 la Cátedra Alejandro Korn,
preocupado por “alentar cualquier expresión de nuestra propia índole
en filosofía”, proponía Romero indagar “la historia de la marcha de
las ideas en el país, en cuanto tenga concomitancias filosóficas
“.Labor imprescindible, al mismo tiempo que impostergable. “Por
motivos difíciles de explicar en contadas palabras, la ocasión es
propicia para las revisiones filosóficas del pasado…porque nuestra
filosofía tiene ya un pasado remoto y un pasado próximo…Habrá que
realizar mucha ingrata labor bibliográfica, mucho rebusque y
ordenación ,si queremos juntar con pleno derecho y ordenación, si
queremos juntar con pleno derecho estas dos palabras: América y
Filosofía. Explicando más tarde la instalación, ese mismo año, de su
también mencionado Seminario de Tesis, decía por su parte Gaos: “La
historia del pensamiento y de las ideas en los países de lengua
española presentaba un interés singular para fomentar la filosofía
misma de estos países: el conocimiento más cabal posible de los
antecedentes históricos de una filosofía es instrumento de ésta
dadas las relaciones corrientemente admitidas en la actualidad entre
la filosofía en general y su historia”. En la misma línea,
declaraba en 1943 Samuel Ramos, en el prólogo de su Historia de la
filosofía en México: “He deseado hace mucho tiempo escribir una
historia de la filosofía en México, para buscar una tradición que
pidiera fijar un sentido nacional al movimiento filosófico de los
últimos años, que ha adquirido una gran extensión y profundidad en
nuestro país.”
Según
puede apreciarse, en todos esos fundacionales puntos de vista, tan
largamente influyentes luego, se trataba de promover la historia de
las ideas filosóficas en Latinoamérica como tarea histórica, pero
al mismo tiempo como tarea filosófica. No pudo ser de otra manera.
Toda historia de la filosofía, si es auténtica, es en sí mismo
ejercicio filosófico; no sólo porque sin filosofar de alguna manera
es imposible organizar la sucesión del pensamiento de filósofos,
escuelas, sistemas, corrientes, sino, además, porque es nutriéndose
dialécticamente de su propia historia que el progreso de la
filosofía se cumple. No es menos así en el caso de la historia de
la filosofía latinoamericana; ha sido y sigue siendo preciso
filosofar para erigirla, al mismo tiempo que, como resultado, es
sintiéndose parte de una tradición propia –el seno de la tradición
universal-que nuestro pensamiento filosófico puede al fin asumirse y
reconocerse como pensamiento también propio.
La
preocupación historicista expresada en aquellos años por aquellos
autores, vino a presentarse por todo eso, entonces y después hasta
la hora presente, estrechamente vinculado al debate sobre la
peculiaridad, o genuinidad, o autenticidad de la filosofía
latinoamericana. Como conciencia colectiva, culminó por primera vez
ese nexo en el Tercer Congreso Interamericano de la Filosofía,
celebrado en México en 1950. “En torno a la filosofía americana”,
enjuiciada a través del cotejo entre el filosofar en Norteamérica y
el filosofar en Latinoamérica; y “El interés por el pasado”,
cuestión centrada en esta pregunta principal: “¿Está ligada la
suerte de la filosofía americana a la elaboración de una historia de
sus ideas?
Detenernos
en esa interrogante, sería internarnos, por uno de sus distintos
costados, en el problema mismo de la filosofía latinoamericana, que
no es, en cuanto tal, nuestro objeto aquí. Quede la cuestión
apuntada. Pero no sin señalar que su enunciación literal en este
texto, obligadamente escueto, puede no ser bien entendida. De lo
que se trataba y se trata, es de si el ingreso de la filosofía
americana-en nuestro caso latinoamericana-con identidad propia, al
corpus de la filosofía de sus ideas. Cualquiera sea el pensamiento
sobre el fondo del asunto, es a esta altura cierto que la toma de
conciencia histórica que de sí misma ha hecho, en el curso de las
últimos décadas, la filosofía latinoamericana, ha tenido ya dos
consecuencias fundamentales.
Por
un lado, la historia universal de la filosofía, tal como sigue
siendo organizada desde sus grandes centros europeos, ha comenzado
la incorporación a sus cuadros de la historia de la filosofía
latinoamericana. No hubiera podido ser así, sin los materiales
aportados por la vasta operación historiográfica emprendida en estas
tierras. En 1954, el filósofo italiano Michele Federico Sciacca, al
reeditar su La filosofía de hoy
le incorporó un capítulo sobre “La filosofía en Iberoamérica”, en
cuyo comienzo expresaba:“Quizás sea ésta la primera vez que dicha
actividad es tomado en consideración en una síntesis panorámica de
la filosofía mundial, escrita por un europeo y publicada en Europa.
En el mismo año, Luis Martínez Gómez, traductor al español de la Historia de la filosofía, del alemán J. Hischberger, añadía a la
misma, en apéndice, la historia de la filosofía española e
hispanoamericana, esta última desde sus orígenes en el siglo XVI a
nuestros días. En 1958, la revista francesa Les Etudes
Philosophiques, dirigida por Gaston Berger, dedicaba una de sus
entrgas temáticas a “La pensée Iberoaméricaine”, entendiéndose por
tal pensamiento, conforme al título y carácter de la revista, el
pensamiento filosófico. Imposible resulta registrar aquí el sitio
que desde entonces hasta ahora la historia de la filosofía universal
ha hecho a al latinoamericana, en libros, revistas, congresos. Todo
ello configura una situación impensable hace apenas unos lustros.
Por otro lado, la especulación filosófica de nuestras más
actuales generaciones, sobre objetos universales o sobre objetos
propios del hombre, la historia y la cultura de Latinoamérica-tan
legítima en un caso como en el otro-no ha podido menos que empezar a
contar, así sea implícitamente, con la tradición continental, más o
menos inmediata, más o menos mediata. Impedidas de ello estuvieron
las generaciones precedentes, carentes de la conciencia del propio
pasado filosófico. De tal suerte, ensanchando su autognosis por la
vía de su memoria histórica, dicha especulación contemporánea ha
encontrado motivos de vitalización a la vez que de renovación. Con
lo que se ha dado razón amplia a las que fueran conclusiones del
recordado debate en el Congreso de 1950 en México. Sin proponérselo,
constituyen su elocuente condensación, al año siguiente, estas
palabras del maestro García Bacca: “Hacer historia de las ideas
filosóficas en América no es mera curiosidad; en enraizarnos, y por
tanto vivir en profundidad, en el pasado, que tal vez sea más
nuestro que el presente, o seamos más de él, más interior
pertenencia suya de lo que el presente, con sus actualidades y
modas, tal vez nos haga creer.”
IV
La
empresa de reconstrucción histórica de las ideas filosóficas en
Latinomérica, llevada a cabo en los últimos tiempos, se ha revelado
fecunda, según se ha visto, en el campo estricto de la filosofía.
Pero se ha revelado no menos fecunda, según se ha visto, en el campo
estricto de la filosofía. Pero se ha revelado no menos fecunda como
esclarecedora de importantes aspectos del general proceso histórico
del continente, al poner de relieve la influencia en ellos del
pensamiento filosófico.
No corresponde engolfarse aquí en la clásica cuestión de
la valoración correlativa, como factores históricos, de los llamados
reales o materiales, de orden físico, o biológico, o económico, y
los llamados ideales o espirituales , de orden psicológico, o
intelectual o ideológico. En cualquier caso, nos se podría
desconocer las enorme gravitación de las ideas, en cuanto tales.
Sean factores de respuesta a condiciones infraestructurales, sean
factores de creación e iniciativa autónomas, sena ambas cosas a la
vez-en el grado en que esas alternativas mismas puedan tener
sentido-es lo cierto que accionan y reaccionan, no sólo entre sí,
sino también con relación a todos los demás elementos integrantes de
la cultura y la existencia social Y tanto más cierto es ello, si
tenemos presente que la referencia no es a las abstractas
ideas-conceptos, en cuya sola consideración tantas veces se ha
subestimado, y hasta desestimado, por desarraigado o aéreo, el papel
de las ideas, sino a las ideas-juicios, concretas siempre en la
conciencia humana históricamente viviente y actuante.
Colocados en este terreno, surge de inmediato la obligada
distinción entre la condición de agentes históricos que tienen, por
un lado, las ideas en general, y por otro, las ideas filosóficas en
particular. Conforme a nuestro tema, es la influencia histórica de
estas últimas que nos corresponde atender. La cuestión se vuelve
delicada, no ya por el necesario deslinde entre unas y otras.
Ocurre que para una determinada concepción, historia de la
filosofía e historia de las ideas se distinguen, precisamente,
porque la primera se ocupa de la pura dialéctica interior del
pensamiento filosófico, mientras que son materia de la segunda los
componentes intelectuales que condicionan y orientan el general
proceso histórico. Para esta concepción, claro está, la filosofía,
en cuanto pura filosofía, no opera como
factor de la historia común, por más relaciones indirectas que
tenga con ella. No es el criterio seguido en estas páginas. De
acuerdo con la identificación más arriba establecida entre historia
de la filosofía e historia de las ideas filosóficas, esta última
resulta incluida con carácter sectorial en la historia de las ideas,
a secas. Y es así porque, en el fondo, las ideas filosóficas se
mezclan tanto como las demás a la vida histórica y tanto como ellas
influyen en su curso. Sólo que lo hacen de distinta manera. En
términos generales, a través de esas demás ideas que las ideas
filosóficas influyen. En cierto sentido, entonces, su papel es más
restringido. Son las particulares ideas políticas, jurídicas,
sociales, económicas, por un lado; educacionales, estéticas,
religiosas, científicas, por otro-volviendo aquí a atenernos a las
categorías más convencionales-las que más directamente operan con su
energía judicativa en esas reales áreas de la actividad humana que
son el Estado, el derecho, la sociedad, la economía; o la
educación, el arte, la religión, la ciencia. Pero en otro sentido,
las ideas filosóficas son las de acción más universal: es siempre
teniéndolas a ellas por inspiración o fundamento, más o menos
consciente o inconscientemente, que las demás ideas inciden sobre
la realidad, al mismo tiempo que entre sí. De enlace entre estas
demás ideas y la pura filosofía, actúan los contenidos propios de la
filosofía aplicada: filosofía del Estado, del derecho, de la
sociedad, de la economía; filosofía de la educación, del arte, de la
religión, de la ciencia. Todo ello, por cierto, en una gradación
por momentos insensible, y hasta indiscernible, en la conceptuación
teórica tanto como en la metodología práctica.
Mucho antes de que se difundiera en nuestro siglo la
concepción sistemática de conexión estructural en el mundo
histórico, escribía Rodó en 1910,en oportunidad de hacer el balance
del superado positivismo latinoamericano: “Expone Taine que encunado
determinado momento de la historia, surge una forma de espíritu
original”,esta forma produce , encadenadamente y por su radical
virtud , “una filosofía, una literatura, un arte, una ciencia”, y
agreguemos nosotros ,una concepción de la vida práctica, una moral
de hecho, una educación, una política. El positivismo del siglo XIX
tuvo esa multiforme y sistemática reencarnación.” No por azar la
filosofía encabezada la serie establecida por Taine y ensanchada por
Rodó, para hacer su especial aplicación a nuestra América. Esa
preeminencia ha venido ahora a quedar todavía más en claro.
Del papel de las ideas en general en los procesos históricos
latinoamericanos, se ha hecho notable caudal en losd últimos tiempos
, comon consecuencia del rico movimiento historiográfico de las
mismas, de que se ha hablado. Llegó a sostener: “Sin duda en ninguna
otra región del mundo las ideas han tenido tanta significación e
influencia en la vida política y social,” Eso decía, distinguiendo y
contrastándole superabundante recurso a ellas por nuestras sucesivas
generaciones dirigentes , con el escaso desarrollo, hasta nuestros
días, de la filosofía propiamente dicha. Pero eso mismo lo conducía
por vía indirecta a reconocer el papel de esta misma. A texto
seguido remitía a –o subsumía en- expresos conceptos de filosofía
aplicada, cuando no de filosofía general, a las que había llamado
simplemente ideas: El siglo XVIII o, sacando las consecuencias de
las teorías anteriores de filosofía política, y sobre todo de la de
Locke …”La filosofía de las luces” preside el nacimiento de estas
naciones. Más tarde , a mediados y fines del siglo XIX, la
filosofía del positivismo contribuyó a suavizar y a fortificar la
existencia social…”
Venía
a registrar de ese modo el maestro argentino, la natural continuidad
de hecho entre la pura filosofía , la filosofía aplicada y las
comunes ideas , en el más amplio sentido de éstas: desde doctrinas,
teorías, convicciones y creencias corrientes, hasta programas
ideológicos y esquemas intelectuales de acción práctica. Por su
parte, Samuel Ramos se manifestaba de su país en estos términos
extensibles a toda Latinoamérica: “En los grandes acontecimientos
sociales y políticos que resaltan en la historia de México , hay un
fondo de ideas filosóficas, más o menos visibles, , que delatan la
preocupación de ajustar la vida a ciertas normas de pensamiento.
Nadie puede negar que la filosofía ha sido una realidad en nuestra
cultura, y no es por eso un intentovano hacerla objeto de una
historia especial”. Y añadía a continuación inmediata:”Pero entonces
hay que buscar las ideas filosóficas no solamente en las obras
especiales , escritas generalmente por los profesores de filosofía,
sino tambiçén entre las de los humanistas, hombres de ciencia,
políticos, educadores, moralistas,etc. Obsérvese que en tales
palabra no es de las ideas en general que habla Ramos, sino en
particular de las “ideas filosóficas”, conforme a la obra de
“historia de la filosofía” a que aquellas palabras pertenecen.
Del contexto mismo se desprende, al igual que en el caso de Romero,
que las ideas filosóficas tenidas ahí principalmente en vista como
agentes históricos, son ante todo las que venimos llamando de
filosofía aplicada .No por eso su historia deja de ser historia de
ideas filosóficas y por tanto de filosofía. Corresponde por lo
pronto subrayarlo, frente a alguna tendencia académica a
circunscribir ésta sólo a sus manifestaciones de mayor abstracción
especulativa. Peo es que , además, toda filosofía aplicada resulta
carente de sentido sin su constante referencia explícita o implícita
a la filosofía general, y en definitiva, a la filosofía primera ,Es
lo que quiso expresar Alejandro Korn ya en el título de su clásica
obra Influencias filosóficas en la evolución nacional, Lo refería a
la Argentina; pero en cuanto título, es aplicable sin variante
alguna al conjunto de la nacionalidad latinoamericana. La historia
de las ideas filosóficas en Latinoamérica , de por sí legítima y
fértil en el ámbito natural de la filosofía, duplica así su
significado como privilegiado instrumento de comprensión del hombre,
la historia y la cultura de nuestros pueblos.
Las
conclusiones a que se llegue sobre el papel desempeñado por las
influencias filosóficas, serán distintas según los criterios
interpretativos que se sigan. Pero cualesquiera sean éstos, tendrán
que contar con la real evolución de la filosofía en Latinoamérica ,
de por sí legítima y fértil en el ámbito natural de la filosofía ,
duplica así su significado como privilegiado instrumentote
comprensión del hombre, la historia y la cultura de nuestros
pueblos.
Las
conclusiones a que se llegue sobre el papel desempeñado por las
influencias filosóficas, serán distintas según los criterios
interpretativos que se sigan. Pero cualesquiera sean éstos, tendrán
que contar con la real evolución de la filosofía en Latinoamérica.
Desde los más lejanos orígenes coloniales ha sido cultivada en estas
tierras. Lo ha sido como docencia y como reflexión, como transmisión
del saber que la constituye e instituye en el espíritu objetivo, y
como ejercicio del pensar que indefinidamente la renueva en el
espíritu subjetivo. Tanto uno como otro aspecto se han dado regidos
por los contenidos y modos de pensamiento originarios de los grandes
centros ultramarinos de la cultura occidental; situación no
diferente,
por otra parte -como lo ha observado Sciacca-a la de la gran
mayoría de los propios países europeos, no menos regidos en la
materia que los nuestros, por los cuatro o cinco que han encabezado
la marcha de la filosofía del Renacimiento en adelante.
La
anacrónica prolongación en la península ibérica de las formas
escolásticas, determinó la persistencia de las mismas –en su
modalidad hispánica- durante los tres siglos de la colonia. Ello no
impidió la penetración en su momento, bajo el manto de aquellas
formas, de la filosofía clásica moderna primero y la iluminista
después. Es a través de esta ultima que la definitiva ruptura con la
escolástica se produce, en estricta correlación con la ruptura del
vasallaje colonial. Filosofía de la Revolución, el iluminismo marcó
la caducidad del rectorado cultural hispánico, franqueando el
encuentro, bajo el signo de la libertad intelectual consagrada por
la independencia política , con el nuevo espíritu europeo que
Francia irradiaba.
A
partir de entonces, la evolución latinoamericana de las ideas
filosóficas acompañó más de cerca de la de la Europa dirigente .El
iluminismo culminado en pleno ciclo de la Independencia rn rl giro
epigonal que a la Enciclopedia imprimieron los ideologistas, fue
seguido en todo el continente, primero por las corrientes del
romanticismo y luego por las del positivismo, en las diversas
expresiones que, según los países, unas y otras asumieron. Hasta
fines del siglo iniciaron y completaron ellas, cada una con sus
valores y sus métodos, la ímproba tarea de la organización nacional.
Después, la gran renovación idealista del 900, que abrió el camino a
la ávida recepción del acelerado a la vez que heterogéneo proceso
filosófico del presente siglo. Siguiendo a la que en una línea fue
la acción de la filosofía de la vida y el pragmatismo, y en otra la
del neokantismo y el neohegelianismo, se produce hacia fines del
primer tercio la entrada en escena de las tendencias -unas veces
convergentes y otras encontradas – de la fenomenología, el
existencialismo, la neo escolástica, el neopositivismo, la filosofía
analítica, el materialismo dialéctico, el historicismo. Más o menos
detenidas algunas de ellas, más o menos en expansión otras, según
los países, diseñan en conjunto, con mayor o menor nitidez, el
panorama filosófico latinoamericano con que se acaba de entrar al
cuarto final de la centuria.
La Colonia, la Independencia, la Organización Nacional, habían sido
hasta el 900 las fundamentales etapas de la historia general de
nuestros países, cada una con su característica cúpula filosófica.
La efervescencia especulativa del siglo XX, a su turno, se
relaciona en forma muy estrecha con las grandes crisis quje vienen
conmoviendo en la época a la civilización universal. Su repercusión
primera en la conciencia latinoamericana ha sido la de evidenciar
una situación de dependencia cultural tanto como material dentrote
un sistema de relaciones e instituciones de escala también universal
. Como factor inevitablemente influyente que es, en el vasto campote
la historia cultural, institucional y política, no hay para nuestra
filosofía, entonces, apremio mayor que el de asumir y asimilar su
propia historia, en lo que ha tenido de positivo tanto como de
negativo del punto de vista de la general emancipación continental.
Más
allá de la mera docencia, la reflexión filosófica entre nosotros,
por precaria que haya podido ser durante mucho tiempo, no dejó nunca
de buscar su acento propio: “De allende los mares recibimos, en
efecto, la indumentaria y la filosofía confeccionada .Sin embargo,
al artículo importado le imprimimos nuestro sello”, decía Alejandro
Korn. Así, ha sido comprobado por todo el subsiguiente movimiento
historiográfico, revelador de un pertinaz empeño de autenticidad en
pugna con las recurrencias de la imitación mecánica o servil.
En
todas las épocas, por intermedio de las más libres inteligencias, al
par que adoptado, el pensamiento ajeno ha sido adaptado a nuestras
reales situaciones y circunstancias, a nuestros efectivos problemas
y necesidades; pero también a nuestro estilo o espíritu, a nuestra
manera de ser. En el devenir de las generaciones, sobre la adopción
pasiva por su parte siempre obstinada, la reflexiva adaptación
crítica ha ido día a día imponiéndose; y de ese modo propiciando el
advenimiento, irreversible desde hace varias décadas, de una fase de
definido avance hacia el comportamiento autónomo en el seno de la
doble universalidad filosófica: la de los objetos y la de los
sujetos.
CONCLUSIONES
I
1.- El concepto de historia de las ideas filosóficas se presenta
emplazado, del punto de vista léxico, entre el de historia de las
ideas u el de historia de la filosofía.
2.- La historia de las ideas filosóficas es una parte de la
historia del pensamiento, y ésta una parte de la general historia de
las ideas.
3.- Historia de las ideas filosóficas es un concepto equivalente al
de historia del pensamiento filosófico y al de historia de la
filosofía.
4.- En consecuencia, la historia de las ideas filosóficas en
Latinoamérica, no equivale a la general historia de las ideas en la
misma; equivale, en cambio tanto como a la historia del pensamiento
filosófico en Latinoamérica, a la historia de la filosofía en
Latinoamérica.
II
5.- La comprensión del papel que desempeña la noción de idea en el
contexto genérico de historia de las ideas y con mayor razón en el
específico de historia de las ideas filosóficas, requiere la
distinción entre ideas-conceptos e ideas-juicios .
6.- Por su condición abstracta, de las ideas en tanto que puros
conceptos no hay historia: toda historia de las ideas, cualquiera
sea el objeto de éstas, es siempre historia de las ideas en tanto
que juicios.
7.-Es bajo la forma de juicios que las ideas se insertan en la
historia, como respuestas concretas de los individuos o las
colectividades a situaciones y circunstancias también concretas de
su existencia vital.
8.- Por dicho criterio es que se legitima la historia de las ideas
filosóficas como historia de lo propio o peculiar de las respuestas
que se han dado, en el plano de la filosofía, a intransferibles
situaciones y circunstancias vividas por la comunidad
latinoamericana.