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Historia y Evolución de las Ideas Filosóficas en América Latina

 

Arturo Ardao*

 

 I

           El enunciado del tema plantea un primer problema: el del  concepto de historia de las ideas filosóficas.

 

          Visto por el lado de sus relaciones léxicas, es un concepto que se presenta emplazado entre el de Historia de las ideas, a secas, y el de Historia de la Filosofía.  Junto con ellos se ha visto sometido en nuestro siglo a un intenso debate, como consecuencia de la revisión profunda solidariamente experimentada tanto por la teoría del saber histórico como por la del saber filosófico. Ha sido éste un debate animado ante todo por cultivadores de la Filosofía, en vínculo estrecho con el general espíritu historicista que ha venido soplando en ella desde horizontes doctrinarios muy diversos.  Sólo en escueto esbozo deberá traérsele a cuenta aquí.

          Por lo que a la historia de las ideas, sin más, se refiere, no sólo se ha discutido su naturaleza.  Se la ha negado. En tal sentido, los dos embates mayores que ha recibido son, tal vez, el de Ortega y Gasset a principios de la década del cuarenta, y el de Foucault a fines del sesenta.  El primero, desde el punto de visto de la que entiende ser la función del pensamiento en la historia;  el segundo, desde su concepción y propuesta de lo que ha llamado la Arqueología del Saber.  Si bien se mira, uno y otro, cada uno a su modo, rinden en definitiva homenaje, mas allá del radicalismo de formulaciones iniciales a la labor que cumple la historia de las ideas. 

          Como título de uno de los capítulos de su ensayo Ideas para la Historia de la Filosofía, escribió Ortega: “No hay propiamente historia de las ideas”. Aclaraba a continuación que se refería a las ideas puras o abstractas, en cuanto desarraigadas de sus concretas circunstancias históricas. Y concluía:“Una historia de las ideas-filosóficas, matemáticas, políticas, religiosas, económicas-según suele entenderse este título, es imposible.  Esas ideas, repito, que son solo abstractos de ideas, no tienen historia”.  Pero frente a ellas están las que él mismo llama “efectivas ideas”: Las ideas como funciones vitales de la conciencia humana. Una historia de estas efectivas ideas, relacionadas con el contexto cultural en que surgen y operan, no sólo es posible sino que es la única teóricamente válida. Lo entendía así a propósito de cualquier clase de ideas, pero le interesaba puntualizarlo en el caso particular de las ideas filosóficas, por su índole las susceptibles de mayor abstracción.  Habrá ocasión de volver sobre esto. 

          Por su parte Foucault, en su La arqueología del saber, expuesto el cuerpo principal de la disciplina que aspira fundar con el nombre que da título al libro, se pregunta: “Pero, ¿no me he alojado, de hecho, muy exactamente en ese espacio que se conoce bien, y desde hace mucho tiempo con el nombre de “Historia de las Ideas?”  Después de responder negativamente, agrega: “No tendré derecho a sentirme tranquilo mientras no me haya liberado de la “Historia de las Ideas”, mientras no haya mostrado en lo que se distingue el análisis arqueológico de sus descripciones”.Sin embargo, es también historia lo que  quiere hacer, aunque se trate de una historia que llama distinta: “Ahora bien, la descripción arqueológica es precisamente abandono de la historia de las ideas, rechazo sistemático de su postulados y de sus procedimientos, tentativa para hacer una historia distinta de lo que los hombres han dicho”. Y piénsese lo que se piense de tal tentativa epistemológica, cuya discusión está fuera de lugar, aquí es lo cierto que los desarrollos que siguen no pueden menos que caracterizar, a menudo con enaltecimiento, a la historia de las ideas, hasta llegar a decir el mismo: “Podrá muy bien hacérsele a la historia tradicional de las ideas cuantas críticas teóricas se quiera o se pueda: tiene por lo menos a su favor el tomar como tema esencial los fenómenos de sucesión y de encadenamiento temporales, analizarlos de acuerdo con los esquemas de la evolución, y describir así el despliegue histórico de los discursos.

          Tales negaciones, o intentos de negación más aparentes que reales, para nada han afectado el universal desarrollo alcanzado en nuestro tiempo por la historia de las ideas. Ese desarrollo ha presentado dos grandes aspectos, íntimamente entrelazados de hecho.  El práctico y el teórico.  Es decir, por un lado, el directo cultivo historiográfico de la disciplina en los mas diversos sectores de ideas, con habitual referencia de todas ellas, más o menos explícita, más o menos implícita, según la consideración especulativa de lo que cabe llamar la lógica de la historia de las ideas: la determinación de su objeto y de su metodología.  Los notorios desacuerdos en este segundo aspecto, han estimulado el impulso del primero antes que haberlo trabado, infundiéndolo riqueza y variedad.  Inevitable ha sido, en consecuencia, que haya podido decirse, como en el lugar citado lo ha dicho Foucault: “No es fácil caracterizar una disciplina como la historia de las ideas.” Eso dicho, para pasar por su parte, en seguida, a una personal caracterización, por momentos brillante, pero insatisfactoria, o incompleta desde algunos puntos de vista.

          Aquella riqueza y variedad puede observarse aún en el seno de cada una de las formas de institucionalización que el movimiento o movimientos, en esta materia, han adoptado en la época contemporánea. En el área de la cultura occidental, tres principales:-en Europa, los Archivos Internacionales de Historia de las Ideas, con sede en La Haya; teniendo por tácito fondo histórico las sombras de los Dilthey, Windelband, Croce o Lovejoy, ha funcionado con una dirección integrada por especialistas de distintas filiaciones filosóficas, de Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Holanda, Suecia, Polonia, Estados Unidos; -en Norteamérica, la Sociedad de Historia de las Ideas,  con sede en México; presidido por Leopoldo Zea, ha aglutinado muchas contribuciones convergentes, ya que no coincidentes, en continuación del legado tampoco coincidente en la fundamentación de la historia de las ideas, pero también convergente en su práctica historiográfica, de maestros de la generación anterior como Francisco Romero, Samuel Ramos y, más que ningún otro, José Gaos.

          La profundización de la teoría del saber histórico, o de la idea de la historia en la expresión de Collingwood, tiene ancha parte en los entrecruzamientos especulativos sobre la historia de las ideas.  Pero no la tiene más angosta la elucidación crítica de los correlacionados conceptos de filosofía, pensamiento e ideas. Si bien por inercia tradicional muchas veces se les ha utilizado o se les utiliza como expresión de una sinonimia, las particulares historias aplicadas a cada uno de ellos han sido objeto de múltiples tentativas de distinción.  Unas, orientadas a desvincularlas francamente; otras, a acercarlas como miembros de una sola familia historiográfica. Así, en algunos casos, se ha tendido a su nítido deslinde por el lado de la esencial significación o comprensión de las nociones respectivas; en otros, en cambo, se ha procurado su distingo tan sólo por el lado de la correspondiente extensión lógica, subsumiendo las tres nociones, de menos a mayor, o de especie de género, en una sola cobertura conceptual.

          Circunstancias específicas derivadas de las tradiciones propias de las diferentes comunidades histórico-culturales, han condicionado los planteamientos y las soluciones.  Natural es que así haya sido.  Por lo que a Latinoamérica se refiere, ha resultado el último de esos criterios – con razón y eficacia a nuestro juicio – el de mayor consenso, bajo el influyente magisterio de Gaos, su gran sustentador y fundamentador.  Lo ha definido con mucha claridad.  Después de discernir en nuestros países por lo menos cinco tipos de pensadores, de los cuales sólo el primero es el de los cultivadores de la filosofía, observa:  “Pero parece conveniente distinguir no sólo entre historia de la filosofía y del pensamiento, sino también de las ideas.  De la filosofía:  la de las ideas filosóficas stricto sensu. Del pensamiento: la de las simplemente, tratados o, o más simple aún, mentadas por los pensadores en el quíntuple sentido detallado.  De las ideas: la de las ideas de todas clases y de todas las clases de hombres de un grupo mayor o menor, hasta la Humanidad en toda su amplitud histórica. “Para ser bien preciso concluye todavía Gaos: “La historia de la filosofía y la historia del pensamiento resultan partes de la historia de las ideas”.

          La historia de la filosofía es una parte de la más amplia historia del pensamiento, comprensiva esta última de la actividad de todos los clásicamente llamados pensadores, filósofos o no; y la historia del pensamiento es a su vez una parte de la todavía más amplia historia de las ideas, en cuanto historia de todas ellas sin ninguna restricción.  Conforme a esto, la historia de la filosofía no viene a ser otra cosa que la historia de las ideas filosóficas en su más estricto sentido; por lo tanto, sólo un sector de la historia de las ideas, desde que ésta se ocupa de las filosóficas pero además de todas las otras: científicas, religiosas, estéticas, pedagógicas, políticas, jurídicas, sociales, económicas, limitando aquí la mención a las categorías más convencionales.

          Sin confundirse entonces con la historia de las ideas, la historia de la filosofía tampoco es distinta de ella por naturaleza, como se ha sostenido a veces.  Y si coincide con una de sus partes, o sea con la historia de las ideas filosóficas, la inversa es igualmente valedera:  La historia de las ideas filosóficas, parte de la historia de las ideas, coincide con la historia de la filosofía.  De dónde – y es a esto que queríamos llegar – la expresión historia de las filosóficas contenida en nuestro tema, no sólo equivale a la de historia del pensamiento filosófico, sino que no es ni más ni menos que la de historia de la filosofía, en este caso referida a la América Latina.

 

II

 

          Establecido lo anterior, surge la exigencia de esclarecer el papel que desempeña la noción de idea en el contexto genérico de “historia de las ideas”, y con mayor razón en el específico de “historia de las ideas filosóficas”. 

          No se trata de una exquisitez semántica, aunque no hubiera andado errado Ortega cuando en su preocupación por renovar la historia de las ideas filosóficas postulara en una “nueva filología”.  Fue haciendo teoría de la historia de la filosofía de las ideas puras o abstractas: no pueden ellas ser historiadas por la sencilla razón de que  no tienen historia.  Le faltó, empero, llevar esa crítica a todas sus consecuencias. 

         Dijo por lo pronto entonces, en el lugar arriba citado:  “Ninguna idea es sólo lo que ella por su exclusiva apariencia es.  Toda idea se singulariza sobre el fondo de otras ideas y contiene dentro de sí la referencia a éstas.  Pero además ella y la textura o complexo de ideas a que pertenece, no son sólo ideas, esto es, no son puro “sentido” abstracto y exento que se sostenga a sí mismo y represente algo completo, sino que una idea es siempre reacción de un hombre a una determinada situación de su vida.  Es decir, que sólo poseemos la realidad de una idea, lo que ella íntegramente es, si se la toma como concreta reacción a una situación concreta. 

          Esa historicista manera de ver, en la que resuenan ecos vitalistas, pragmatistas y hasta dialécticos, pasó tal cual a la concepción de la historia de la filosofía en particular, y de las ideas en general, que Gaos profesó y difundió en nuestra América. Consideraba él que no sólo se justificaba a la escala universal que tenía en vista Ortega, sino que, además, era la única capaz de hacer justicia a las peculiares características de la historia de la filosofía en los países nuestros.  En el ámbito latinoamericano la reforzaban paralelamente, desde el campo dialéctico, las muy afines ideas que sobre la historia de la filosofía propagaba Rofolfo Mondolfo.  Subrayaba éste la necesidad de vincular siempre la reconstrucción histórica de la especulación filosófica con los múltiples factores ofrecidos por la vida, en el marco de la historia global de la cultura. 

          En esos y otros concurrentes desarrollos, un mal entendido ha perturbado, sin embargo, la comprensión del verdadero carácter de la historia de las ideas. Es el que resulta de la ambivalencia radical, en este dominio, del término idea: la idea como abstracto concepto general, y la idea como afirmación o negación, es decir, como juicio. O sea, lo que vamos a llamar la idea-concepto y la idea - juicio. 

           Todo el debate teórico sobre la historia de las ideas ha girado en torno a las ideas en tanto que conceptos, mientras que de hecho ella  -la historia de las ideas- se ha ocupado y se ocupa de las ideas en tanto que juicios. Por desconcertante que esto pueda parecer, no sólo  registra un generalizado desenfoque, sino que da explicación a muchos equívocos doctrinarios que al respecto han tenido lugar. 

           Naturalmente, cualquier vocabulario del ramo informa sobre la multiplicidad de acepciones gnoseológicas y metafísicas, que el término idea, desde su memorable bautismo en la escritura platónica, ha recibido a lo largo de la historia de la filosofía. No se trata de eso aquí. Lo que a nuestro objeto importa es la versión de la lógica formal, en su plano más directo y obvio. El juicio no recibe en ella, en cuanto juicio, la denominación de idea. Pero siendo conceptos, y por lo tanto ideas sus tres clásicos elementos, tanto en el lenguaje corriente como en el de las más diversas disciplinas científicas y filosóficas, la estructural unidad del juicio aparece como la formulación o enunciado de una idea,  y de una idea sola: una especie de idea síntesis de los tres conceptos combinados en la actividad judicativa. Por más que el nervio de ésta sea la afirmación o la negación lógicas, aunque puedan expresar dudas o incertidumbres psicológicas o gnoseológicas –carecen ambas de todo sentido sin el papel siempre unificante de la atribución que llevan a cabo. Pues bien, es de las ideas en que esa acepción integradora o sintética, cargada del dinamismo intelectual y afectivo impuesto a la forma lógica por el juzgamiento psicológico, que se ocupa la historias de las ideas. 

           De ellas es que se ocupa, y sólo de ellas. Es decir, se ocupa sencillamente de juicios, más allá de los puros conceptos con que se construyen éstos o a cuyo propósito ellos se emiten. Bien entendida, la historia de las ideas en el sentido de conceptos , de Dios o de sustancia , de espacio o de tiempo, de  libertad o de progreso, de independencia o de nacionalidad y así se modo indefinido ,no es –cuanto historia-más que la historia de las proposiciones por las que se expresan gramaticalmente los juicios que han motivado en la sucesión de las épocas: vastas series de afirmaciones y negaciones sobre tales o cuales temas o problemas; más o menos fundadas o infundadas, sistemáticas o no, pero claves siempre de la vida humana en su concreta existencia social e individual. No otro sentido, por supuesto, tiene la historia de las ideas que se organizan o formulan en “ismos”: historias de las ideas racionalistas  o empiristas, espiritualistas o materialistas, iluministas o positivistas, liberales o socialistas, impresionistas o cubistas, cristianas o mahometanas, y cuantas otras se quiera recordar. No otro sentido, tampoco, tiene la historia de las ideas sustentadas por los pensadores o filósofos individualmente considerados : ideas de Sócrates o Santo Tomás. de Descartes o Kant, de Bello o Vaz Ferreira. En definitiva, en todos los casos, historia de ideas-juicios.

           El manejo del vocablo idea en el implícito sentido de juicio es de tradición en la historia de la filosofía. Lo es igualmente en el lenguaje propio de la conciencia natural. Tal sentido es el que por extensión reciben otros vocablos abarcados también por la historia de las ideas en su más lato alcance:así, los de creencia y opinión; y hasta el de sentimiento, cuando con éste se alude a la tonalidad afectiva de una representación intelectual, como en las expresiones sentimiento democrático o sentimiento pacifista. Detrás de todos ellos, es una proposición o un conjunto de proposiciones, o sea, un juicio o un conjunto de juicios, lo que está operando vitalmente. Por eso, todos ellos se reducen, en definitiva, a pensamientos, que no son pasivos repertorios, y menos repositorios de conceptos. Pensar, ya se sabe, es juzgar .

           El pasaje de Ortega últimamente transcrito, tenía por núcleo la tesis de que “una idea es siempre reacción  de un hombre a una determinada situación de su vida”.Dicha tesis, y con ella el pasaje entero, se iluminan desde que por idea se entiende, no ya un concepto, sino la aseverativa conexión de conceptos en que el juicio consiste. Esa concreta reacción  humana allí mentada es la reacción –o respuesta- que se manifiesta a través de la decisoria, tanto como vital, operación del juicio . Toda respuesta comporta un juicio, explícito o implícito. El alegato orteguiano contra la posibilidad de una historia de las ideas  abstractas –desde luego oportuno-hubiera sido, entonces, más contundente si se le hubiera incorporado la advertencia de que en el curso de la historia es como juicios que las ideas funcionan.

           “De los abstractos no hay historia”, insistía. Es cierto. Pero la historia de las ideas, incluso las filosóficas, entendida como historia de ideas-juicios antes que de ideas-conceptos, no es historia de abstractos, Por eso es preciso darle también la razón cuando, teniendo en vista en primer término la historia de la filosofía, concluye : “es vano querer hacer historia si se elude hablar de hombres y colectividades de hombres”.

           Buenas palabras para legitimar la historia de las ideas filosóficas, o sencillamente la filosofía, en nuestra América  Ninguna abstracta universalidad existe capaz de suplir lo que han tenido de propio, o –conforme a la expresión de Gaos- peculiar, las situaciones y circunstancias a que ha debido responderla conciencia filosófica de los hombres y colectividades de hombres de la América Latina.

 

III

 

           Cuando de manera simultánea ,pero no concertada, Francisco Romero en Buenos Aires y José Gaos en México fundaron en 1940 sendos centros académicos destinados a recuperar el pasado filosófico latinoamericano, este pasado había sido objeto ya de diversas, a la vez que dispersas, tentativas historiográficas. 

           Algunas de ellas se remontaban al siglo XVIII, por obra de plumas mexicanas que historiaron, sobre la materia. En el XIX, otras manifestaciones esporádicas en más de un país. A principios del XX, por primera vez una visión continental de conjunto, bajo la forma celebrado en 1908 en Heildelberg: Las corrientes filosóficas de la América Latina del peruano Francisco García Calderón. Dada la ocasión, era por primera vez  también que la historia de la filosofía en Latinoamérica golpeada tímidamente a la puerta de la historia universal de la filosofía. Después, distintos ensayos nacionales, más repetidos en la década del 30, en la que al mismo tiempo aparecen algunas nuevas perspectivas continentales. 

           Pero es a través de aquellos episodios institucionales del año 40, que la urgida preocupación, más que el solo interés por la historia de la filosofía en nuestros países conduce a un general movimiento  por el que se radica prácticamente en todos ellos, su estudio sistemático . Desde la Cátedra Alejandro Korn  del Colegio Libre de Estudios Superiores de Buenos Aires, y desde el Seminario de Tesis  del Colegio de México, coordinado con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, los maestros Romero y Gaos, respectivamente, fueron los verdaderos fundadores de dicho movimiento. Anudando sueltos hilos anteriores, imprimieron desde el primer momento a sus empeños, un común espíritu continentalista. En el transcurso de un prolongado viaje  de investigación por toda Latinoamérica, de mediados de 1945 a mediados de 1946, un joven pensador formado en el Seminario de Gaos, unificó de hecho ambos focos. Tal fue la histórica misión cumplida entonces por Leopoldo Zea, llamada a institucionalizarse a su vez en el Comité de Historia de las ideas en América, con sede en México, fundado en 1948 y dirigido por el mismo Zea desde entonces hasta la fecha.

           Estudios monográficos, panoramas nacionales y continentales, reediciones de clásicos nuestros, antología y bibliografías, se han ido incrementando de modo cada vez más orgánico de aquella década del 40 en adelante .Si no han acabado el edificio, en sí mismo inacabable, han por lo menos puesto ya sólidos cimientos a la historia de la filosofía en Latinoamérica. 

           Por coyunturales razones, de profundo sentido para la conciencia filosófica latinoamericana, tal movimiento historiográfico se ha producido entrelazado, pero no confundido, con otros dos paralelos movimientos intelectuales: hacia un extremo , el movimiento, también historiográfico, de la historia de las ideas , sin más; hacia el otro extremo, el movimiento teórico en torno al problema, estrictamente  especulativo, de la filosofía latinoamericana. 

           De las relaciones conceptuales entre la historia general de las ideas  y la historia particular de las ideas, sin más, hacia el otro extremo, el movimiento teórico en torno al problema estrictamente especulativo, de la filosofía latinoamericana. 

           De las relaciones conceptuales entre la historia general de las ideas y la historia particular de las ideas filosóficas, hemos hablado. La segunda se nos ofreció como un sector de la primera. En la práctica , el contemporáneo cultivo de la historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica, se ha dado en el ámbito más amplio de un intenso esfuerzo de reconstrucción histórica de los más diversos tipos de ideas .Sólo, que en primer lugar, esta misma historia de las ideas , sin más, ha sido en todas partes, ora directamente impulsada, ora indirectamente estimulada por estudiosos de la filosofía, y en segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, de la historia de las ideas filosóficas ha recibido ella orientaciones de doctrina al par que pautas metodológicas… Por su generalidad teórica, el pensamiento filosófico condiciona en cada época todas las demás manifestaciones de la inteligencia, lo que no puedo menos que reflejarse en las historias respectivas. 

           La historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica ha venido siendo así la gran animadora o reanimadora de la historia de las ideas científicas o religiosas, estéticas o pedagógicas, políticas o jurídicas, sociales o económicas, en nuestros países. No se identifica, empero, con ellas: es el suyo, en rigor, un dominio diferenciado, a la vez que tan sectorial como cualquiera de los otros. Dicho sea sin olvidar la pertenencia a ese dominio, del pensamiento filosófico aplicado, en tanto que filosófico, a las mismas correlativas áreas: filosofía de la ciencia o de la religión; del arte o de la educación;de la política o del derecho; de la sociedad o de la economía .Importa consignar que estas filosofías particulares establecen una permanente comunicación, a menudo de gradación insensible, entre las ideas filosóficas y las demás clases de ideas. 

           Más complejas resultan ser, en la dirección opuesta, las relaciones entre la historia de la filosofía en Latinoamérica y el problema de la filosofía latinoamericana. Más complejas, por dos razones .Una, que este problema incluye, entre las distintas cuestiones que lo integran , la de las características en nuestro continente , no ya de su filosofía  sino de la historia de su filosofía, la naturaleza de sus fuentes, lo específico de sus recursos metódicos, sus singulares relaciones con la historia universal  de la filosofía. Otra, que la elaboración de la historia de nuestras ideas filosóficas ha venido siendo considerada – a la inversa- como condición fundamental, y por lo mismo tarea previa, para la definición autonómica de la filosofía latinoamericana .En conjunto, el particular problema de la historia de la filosofía en Latinoamérica,como capítulo aplicado del llamado, con la expresión consagrada desde Windelband, el problema de la historia de la filosofía. 

           Al inaugurar en 1940 la Cátedra Alejandro Korn, preocupado por “alentar cualquier expresión de nuestra propia índole en filosofía”, proponía Romero indagar “la historia de la marcha de las ideas en el país, en cuanto tenga concomitancias filosóficas “.Labor imprescindible, al mismo tiempo que impostergable. “Por motivos difíciles  de explicar en contadas palabras, la ocasión es propicia para las revisiones filosóficas del pasado…porque nuestra filosofía tiene ya un pasado remoto y un pasado próximo…Habrá que realizar mucha ingrata labor bibliográfica, mucho rebusque y ordenación ,si queremos juntar con pleno derecho y ordenación, si queremos juntar con pleno derecho estas dos palabras: América y Filosofía. Explicando más tarde la instalación, ese mismo año, de su también mencionado Seminario de Tesis, decía por su parte Gaos: “La historia  del pensamiento y  de las ideas en los países de lengua española presentaba  un interés singular para fomentar la filosofía misma de estos países: el conocimiento más cabal posible de los antecedentes históricos de una filosofía es instrumento de ésta dadas las relaciones corrientemente admitidas en la actualidad entre la filosofía en general y su historia”.  En la misma línea, declaraba en 1943 Samuel Ramos, en el prólogo de su Historia de la filosofía en México: “He deseado hace mucho tiempo escribir una historia de la filosofía en México, para buscar una tradición que pidiera fijar un sentido nacional al movimiento filosófico de los últimos años, que ha adquirido una gran extensión y profundidad en nuestro país.” 

          Según puede apreciarse, en todos esos fundacionales puntos de vista, tan largamente influyentes  luego, se trataba de promover la historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica  como tarea histórica, pero al mismo tiempo como tarea filosófica.  No pudo ser de otra manera.  Toda historia de la filosofía, si es auténtica, es en sí mismo ejercicio filosófico; no sólo porque sin filosofar de alguna manera es imposible organizar la sucesión del pensamiento de filósofos, escuelas, sistemas, corrientes, sino, además, porque es nutriéndose dialécticamente de su propia historia que el progreso de la filosofía se cumple.  No es menos así en el caso  de la historia de la filosofía latinoamericana; ha sido y sigue siendo preciso filosofar para erigirla, al mismo tiempo que, como resultado, es sintiéndose parte de una tradición propia –el seno de la tradición universal-que nuestro pensamiento filosófico puede al fin asumirse y reconocerse como pensamiento también propio. 

          La preocupación historicista expresada en aquellos años por aquellos autores, vino a presentarse por todo eso, entonces y después hasta la hora presente, estrechamente vinculado al debate sobre la peculiaridad, o genuinidad, o autenticidad de la filosofía latinoamericana.  Como conciencia colectiva, culminó por primera vez ese nexo en el Tercer Congreso Interamericano de la Filosofía, celebrado en México en 1950.  “En torno a la filosofía americana”, enjuiciada a través del cotejo entre el filosofar en Norteamérica y el filosofar en Latinoamérica; y “El interés por el pasado”, cuestión centrada en esta pregunta principal:  “¿Está ligada la suerte de la filosofía americana a la elaboración de una historia de sus ideas? 

          Detenernos en esa interrogante, sería internarnos, por uno de sus distintos costados, en el problema mismo de la filosofía latinoamericana, que no es, en cuanto tal, nuestro objeto aquí.  Quede la cuestión apuntada.  Pero no sin señalar que su enunciación literal en este texto, obligadamente escueto, puede no ser bien entendida.  De lo que se trataba y se trata, es de si el ingreso de la filosofía americana-en nuestro caso latinoamericana-con identidad propia, al corpus de la filosofía de sus ideas.  Cualquiera sea el pensamiento sobre el fondo del asunto, es a esta altura cierto que la toma de conciencia histórica que de sí misma ha hecho, en el curso de las últimos décadas, la filosofía latinoamericana, ha tenido ya dos consecuencias fundamentales. 

          Por un lado, la historia universal de la filosofía, tal como sigue siendo organizada desde sus grandes centros europeos, ha comenzado la incorporación a sus cuadros de la historia de la filosofía latinoamericana.  No hubiera podido ser así, sin los materiales aportados por la vasta operación historiográfica emprendida en estas tierras.  En 1954, el filósofo italiano Michele Federico Sciacca, al reeditar su La filosofía de hoy

le incorporó un capítulo sobre “La filosofía en Iberoamérica”, en cuyo comienzo expresaba:“Quizás sea ésta la primera vez que dicha actividad es tomado en consideración en una síntesis panorámica de la filosofía mundial, escrita por un europeo y publicada en Europa.  En el mismo año, Luis Martínez Gómez, traductor al español de la Historia de la filosofía, del alemán J. Hischberger, añadía a la misma, en apéndice, la historia de la filosofía española e hispanoamericana, esta última desde sus orígenes en el siglo XVI a nuestros días.  En 1958, la revista francesa Les Etudes Philosophiques, dirigida por Gaston Berger, dedicaba una de sus entrgas temáticas a “La pensée Iberoaméricaine”, entendiéndose por tal pensamiento, conforme al título y carácter de la revista, el pensamiento filosófico.  Imposible resulta registrar aquí el sitio que desde entonces hasta ahora la historia de la filosofía universal ha hecho a al latinoamericana, en libros, revistas, congresos.  Todo ello configura una situación impensable hace apenas unos lustros.

          Por otro lado, la especulación filosófica de nuestras más actuales generaciones, sobre objetos universales o sobre objetos propios del hombre, la historia y la cultura de Latinoamérica-tan legítima en un caso como en el otro-no ha podido menos que empezar a contar, así sea implícitamente, con la tradición continental, más o menos inmediata, más o menos mediata.  Impedidas de ello estuvieron las generaciones precedentes, carentes de la conciencia del propio pasado filosófico.  De tal suerte, ensanchando su autognosis por la vía de su memoria histórica, dicha especulación contemporánea ha encontrado motivos de vitalización a la vez que de renovación.  Con lo que se ha dado razón amplia a las que fueran conclusiones del recordado debate en el Congreso de 1950 en México. Sin proponérselo, constituyen su elocuente condensación, al año siguiente, estas palabras del maestro García Bacca: “Hacer historia de las ideas filosóficas en América no es mera curiosidad; en enraizarnos, y por tanto vivir en profundidad, en el pasado, que tal vez sea más nuestro que el presente, o seamos más de él, más interior pertenencia suya de lo que el presente, con sus actualidades y modas, tal vez nos haga creer.”

 

IV

 

          La empresa de reconstrucción histórica de las ideas filosóficas en Latinomérica, llevada a cabo en los últimos tiempos, se ha revelado fecunda, según se ha visto, en el campo estricto de la filosofía.  Pero se ha revelado no menos fecunda, según se ha visto, en el campo estricto de la filosofía.  Pero se ha revelado no menos fecunda como esclarecedora de importantes aspectos del general proceso histórico del continente, al poner de relieve la influencia en ellos del pensamiento filosófico.

          No corresponde engolfarse aquí en la clásica cuestión de la valoración correlativa, como factores históricos, de los llamados reales o materiales, de orden físico, o biológico, o  económico, y los llamados ideales o espirituales , de orden psicológico, o intelectual o ideológico.  En cualquier caso, nos se podría desconocer las enorme gravitación de las ideas, en cuanto tales.  Sean factores de respuesta a condiciones infraestructurales, sean factores de creación e iniciativa autónomas, sena ambas cosas a la vez-en el grado en que esas alternativas mismas puedan tener sentido-es lo cierto que accionan y reaccionan, no sólo entre sí, sino también con relación a todos los demás elementos integrantes de la cultura y la existencia social  Y tanto más cierto es ello, si tenemos presente que la referencia no es a las abstractas ideas-conceptos, en cuya sola consideración tantas veces se ha subestimado, y hasta desestimado, por desarraigado o aéreo, el papel de las ideas, sino a las ideas-juicios, concretas siempre en la conciencia humana históricamente viviente y actuante.

          Colocados en este terreno, surge de inmediato la obligada distinción entre la condición de agentes históricos que tienen, por un lado, las ideas en general, y por otro, las ideas filosóficas en particular. Conforme a nuestro tema, es la influencia histórica de estas últimas que nos corresponde atender.  La cuestión se vuelve delicada, no ya por el necesario deslinde entre unas y otras.

          Ocurre que para una determinada concepción, historia de la filosofía e historia de las ideas se distinguen, precisamente, porque la primera se ocupa de la pura dialéctica interior del pensamiento filosófico, mientras que son materia de la segunda los componentes intelectuales que condicionan y orientan el general proceso histórico.  Para esta concepción, claro está, la filosofía, en cuanto pura filosofía, no opera como factor de la historia común, por más relaciones indirectas  que tenga con ella.  No es el criterio seguido en estas páginas.  De acuerdo con la identificación más arriba establecida entre historia de la filosofía e historia de las ideas filosóficas, esta última resulta incluida con carácter sectorial en la historia de las ideas, a secas.  Y es así porque, en el fondo, las ideas filosóficas se mezclan tanto como las demás a la vida histórica y tanto como ellas influyen en su curso.  Sólo que lo hacen de distinta manera.  En términos generales, a través de esas demás ideas que las ideas filosóficas influyen. En cierto sentido, entonces, su papel es más restringido. Son las particulares ideas políticas, jurídicas, sociales, económicas, por un lado; educacionales, estéticas, religiosas, científicas, por otro-volviendo aquí a  atenernos a las categorías más convencionales-las que más directamente operan con su energía judicativa en esas reales áreas de la actividad humana que son el Estado, el derecho, la sociedad, la economía;  o la educación, el arte, la religión, la ciencia.  Pero en otro sentido, las ideas filosóficas son las de acción más universal:  es siempre teniéndolas a ellas por inspiración o fundamento, más o menos consciente o inconscientemente, que las demás ideas  inciden sobre la realidad, al mismo tiempo que entre sí.  De enlace entre estas demás ideas y la pura filosofía, actúan los contenidos propios de la filosofía aplicada: filosofía del Estado, del derecho, de la sociedad, de la economía; filosofía de la educación, del arte, de la religión, de la ciencia.  Todo ello, por cierto, en una gradación por momentos insensible, y hasta indiscernible, en la conceptuación teórica tanto como en la metodología práctica.

           Mucho antes de que se difundiera en nuestro siglo la concepción sistemática de conexión estructural en el mundo histórico, escribía Rodó en 1910,en oportunidad de hacer el balance del superado positivismo latinoamericano: “Expone Taine que encunado determinado momento de la historia, surge una forma de espíritu original”,esta forma produce , encadenadamente y por su radical virtud , “una filosofía, una literatura, un arte, una ciencia”, y agreguemos nosotros ,una concepción de la vida práctica, una moral de hecho, una educación, una política. El positivismo del siglo XIX tuvo esa multiforme y sistemática reencarnación.” No por azar la filosofía encabezada la serie establecida por Taine y ensanchada por Rodó, para hacer su especial aplicación a nuestra América. Esa preeminencia ha venido ahora a quedar todavía más en claro.

          Del papel de las ideas en general en los procesos históricos latinoamericanos, se ha hecho notable caudal en losd últimos tiempos , comon consecuencia del rico movimiento historiográfico de las mismas, de que se ha hablado. Llegó a sostener: “Sin duda en ninguna otra región del mundo las ideas han tenido tanta significación e influencia en la vida política y social,” Eso decía, distinguiendo y contrastándole superabundante recurso a ellas por nuestras sucesivas generaciones dirigentes , con el escaso desarrollo, hasta nuestros días, de la filosofía propiamente dicha. Pero eso mismo lo conducía por vía indirecta a reconocer el papel de esta misma. A texto seguido remitía a –o subsumía en- expresos conceptos de filosofía aplicada, cuando no de filosofía general, a las que había llamado simplemente ideas: El siglo XVIII   o, sacando las consecuencias de las teorías anteriores de filosofía política, y sobre todo de la de Locke …”La filosofía de las luces” preside el nacimiento de estas naciones. Más tarde , a mediados y fines  del siglo XIX, la filosofía del positivismo contribuyó a suavizar y a fortificar la existencia social…”

         Venía a registrar de ese modo el maestro argentino, la natural continuidad  de hecho entre la pura filosofía , la filosofía aplicada y las comunes ideas , en el más amplio sentido de éstas: desde doctrinas, teorías, convicciones y creencias corrientes, hasta programas ideológicos y esquemas intelectuales  de acción práctica. Por su parte, Samuel Ramos  se manifestaba de su país en estos términos extensibles a toda Latinoamérica: “En los grandes acontecimientos sociales y políticos que resaltan en la historia de México , hay un fondo de ideas filosóficas, más o menos visibles, , que delatan la preocupación de ajustar  la vida a ciertas normas de pensamiento. Nadie puede negar que la filosofía ha sido una realidad en nuestra cultura, y no es por eso un intentovano hacerla objeto de una historia especial”. Y añadía a continuación inmediata:”Pero entonces hay que buscar las ideas filosóficas no solamente en las obras especiales , escritas generalmente por los profesores de filosofía, sino tambiçén entre las de los humanistas, hombres de ciencia, políticos, educadores, moralistas,etc. Obsérvese que en tales palabra no es de las ideas en general que habla Ramos, sino en particular de las “ideas filosóficas”, conforme a la obra de “historia de la filosofía” a que aquellas palabras pertenecen.

          Del contexto mismo se desprende, al igual que en el caso de Romero, que las ideas filosóficas tenidas ahí principalmente en vista como agentes históricos, son ante todo las que venimos llamando de filosofía aplicada .No por eso su historia deja de ser historia de ideas filosóficas  y por tanto de filosofía. Corresponde por lo pronto subrayarlo, frente a alguna tendencia académica a circunscribir ésta sólo a sus manifestaciones de mayor abstracción especulativa. Peo es que , además, toda filosofía aplicada resulta carente de sentido sin su constante referencia explícita o implícita a la filosofía general, y en definitiva, a la filosofía primera ,Es lo que quiso expresar Alejandro Korn ya en el título de su clásica obra Influencias filosóficas en la evolución nacional, Lo refería a la Argentina; pero en cuanto título, es aplicable sin variante alguna al conjunto de la nacionalidad latinoamericana. La historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica , de por sí legítima y fértil en el ámbito natural de la filosofía, duplica así su significado como privilegiado instrumento de comprensión del hombre, la historia y la cultura de nuestros pueblos. 

 Las conclusiones a que se llegue  sobre el papel desempeñado  por las influencias filosóficas, serán distintas  según los criterios interpretativos que se sigan. Pero cualesquiera sean éstos, tendrán que contar con la real evolución de la filosofía en Latinoamérica , de por sí legítima y fértil en el ámbito natural de la filosofía , duplica así su significado como privilegiado instrumentote comprensión del hombre, la historia y la cultura de nuestros pueblos. 

 Las conclusiones a que se llegue sobre el papel desempeñado por las influencias filosóficas, serán distintas según los criterios interpretativos que se sigan. Pero cualesquiera sean éstos, tendrán que contar con la real evolución de la filosofía en Latinoamérica. Desde los más lejanos orígenes coloniales ha sido cultivada en estas tierras. Lo ha sido como docencia y como reflexión, como transmisión del saber que la constituye e instituye en el espíritu objetivo, y como ejercicio del pensar que indefinidamente la renueva en el espíritu subjetivo. Tanto uno como otro aspecto se han dado regidos por los contenidos y modos de pensamiento originarios de los grandes centros ultramarinos de la cultura occidental; situación no diferente, por otra parte  -como lo ha observado Sciacca-a la de la gran mayoría de los propios países europeos, no menos regidos en la materia que los nuestros, por los cuatro o cinco que han encabezado la marcha de la filosofía del Renacimiento en adelante. 

          La anacrónica prolongación en la península ibérica de las formas escolásticas, determinó la persistencia de las mismas –en su modalidad hispánica- durante los tres siglos de la colonia. Ello no impidió la penetración en su momento, bajo el manto de aquellas formas, de la filosofía clásica moderna primero y la iluminista después. Es a través de esta ultima que la definitiva ruptura con la escolástica se produce, en estricta correlación con la ruptura del vasallaje colonial. Filosofía de la Revolución, el iluminismo marcó la caducidad del rectorado cultural hispánico, franqueando el encuentro, bajo el signo de la libertad intelectual consagrada por la independencia política , con el nuevo espíritu europeo que Francia irradiaba. 

 A partir de entonces, la evolución latinoamericana de las ideas filosóficas acompañó más de cerca de la de la Europa dirigente .El iluminismo culminado en pleno ciclo de la Independencia rn rl giro epigonal que a la Enciclopedia imprimieron los ideologistas, fue seguido en todo el continente, primero por las corrientes  del romanticismo y luego por las del positivismo, en las diversas expresiones que, según los países, unas y otras asumieron. Hasta fines del siglo iniciaron y completaron ellas, cada una con sus valores y sus métodos, la ímproba tarea de la organización nacional. Después, la gran renovación idealista del 900, que abrió el camino a la ávida recepción del acelerado a la vez que heterogéneo proceso filosófico del presente siglo. Siguiendo a la que en una línea fue la acción de la filosofía de la vida y el pragmatismo, y en otra la del neokantismo y el neohegelianismo, se produce hacia fines del primer tercio la entrada en escena de las tendencias  -unas veces convergentes y otras encontradas – de la fenomenología, el existencialismo, la neo escolástica, el neopositivismo, la filosofía analítica, el materialismo dialéctico, el historicismo. Más o menos detenidas algunas de ellas, más o menos en expansión otras, según los países, diseñan en conjunto, con mayor o menor nitidez, el panorama filosófico latinoamericano con que se acaba de entrar al cuarto final de la centuria. 

 La Colonia, la Independencia, la Organización Nacional, habían sido hasta el 900 las fundamentales etapas de la historia general de nuestros países, cada una con su característica cúpula filosófica. La efervescencia especulativa  del siglo XX, a su turno, se relaciona en forma muy estrecha con las grandes crisis quje vienen conmoviendo en la época a la civilización universal. Su repercusión primera en la conciencia latinoamericana ha sido la de evidenciar una situación de dependencia cultural tanto como  material dentrote un sistema de relaciones e instituciones de escala también universal . Como factor inevitablemente influyente que es, en el vasto campote la historia cultural, institucional y política, no hay para nuestra filosofía, entonces, apremio mayor que el de asumir y asimilar su propia historia, en lo que ha tenido de positivo tanto como de negativo del punto de vista de la general emancipación continental. 

 Más allá de la mera docencia, la reflexión filosófica entre nosotros, por precaria que haya podido ser durante mucho tiempo, no dejó nunca de buscar su acento propio: “De allende los mares recibimos, en efecto, la indumentaria y la filosofía confeccionada .Sin embargo, al artículo importado le imprimimos nuestro sello”, decía Alejandro Korn. Así, ha sido comprobado por todo el subsiguiente movimiento historiográfico, revelador de un pertinaz empeño de autenticidad en pugna con las recurrencias de la imitación mecánica o servil. 

 En todas las épocas, por intermedio de las más libres inteligencias, al par que adoptado, el pensamiento ajeno ha sido adaptado a nuestras reales situaciones y circunstancias, a nuestros efectivos problemas y necesidades; pero también a nuestro estilo o espíritu, a nuestra manera de ser. En el devenir de las generaciones, sobre la adopción pasiva por su parte siempre obstinada, la reflexiva adaptación crítica ha ido día a día imponiéndose; y de ese modo propiciando el advenimiento, irreversible desde hace varias décadas, de una fase de definido avance hacia el comportamiento autónomo en el seno de la doble universalidad filosófica: la de los objetos y la de los sujetos. 

 

CONCLUSIONES

 

I

 

1.- El concepto de historia de las ideas filosóficas se presenta emplazado, del punto de vista léxico, entre el de historia de las ideas u el de historia de la filosofía. 

 2.-  La historia de las ideas filosóficas es una parte de la historia del pensamiento, y ésta una parte de la general historia de las ideas. 

3.- Historia de las ideas filosóficas es un concepto equivalente al de historia del pensamiento filosófico y al de historia de la filosofía.

 

4.- En consecuencia, la historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica, no equivale a la general historia de las ideas en la misma; equivale, en cambio tanto como a la historia del pensamiento filosófico en Latinoamérica, a la historia de la filosofía en Latinoamérica. 

II 

 5.- La comprensión del papel que desempeña la noción de idea en el contexto genérico de historia de las ideas y con mayor razón en el específico de historia de las ideas filosóficas, requiere la distinción entre ideas-conceptos e ideas-juicios . 

6.- Por su condición abstracta, de las ideas en tanto que puros conceptos no hay historia: toda historia de las ideas, cualquiera sea el objeto de éstas, es siempre historia de las ideas en tanto que juicios.

7.-Es bajo la forma de juicios que las ideas se insertan en la historia, como respuestas concretas de los individuos o las colectividades a situaciones y circunstancias también concretas de su existencia vital. 

8.- Por dicho criterio es que se legitima la historia de las ideas filosóficas como historia de lo propio o peculiar de las respuestas que se han dado, en el plano de la filosofía, a intransferibles situaciones y circunstancias vividas por la comunidad latinoamericana.

 

III 

9.- Recogiendo dispersos antecedentes, lejanos o próximos, la historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica se vienen cultivando sistemáticamente desde la década del 40 del presente siglo, a través de un verdadero movimiento historiográfico en la materia. 

10.-  Dicho movimiento historiográfico se ha producido entrelazado, ero no confundido con otros dos paralelos movimientos intelectuales: el de la historia general de nuestras ideas y el del debate teórico sobre el problema de la filosofía latinoamericana. 

11.- La historia general de nuestras ideas ha recibido de la historia de nuestras ideas filosóficas, orientaciones doctrinarias al par que pautas metodológicas, resultando ella misma, ora directamente impulsada, ora indirectamente estimulada por estudiosos de la filosofía. 

12.- Al mismo tiempo, la historia de las ideas filosóficas en Latinoamérica viene contribuyendo eficazmente a la definición auto nómica de la filosofía latinoamericana, a la vez que siendo incorporada cada vez más a la historia universal de la filosofía.

 

IV 

13. Más allá de las ideas y la filosofía, la historia de esta última en Latinoamérica ha venido a esclarecer importantes aspectos del global proceso histórico el continente, al poner de relieve la influencia en ellos, no sólo del pensamiento en general, sino en particular del pensamiento filosófico. 

14.-  En términos generales , es a través de las demás ideas que las ideas filosóficas influyen, sirviendo de enlace entre aquéllas y la pura filosofía, los contenidos propios de la filosofía aplicada; la historia de esta última no deja de ser historia de ideas filosóficas, cuya comprensión requiere la de las más especulativas en que se fundan. 

15.- La evolución de la filosofía en Latinoamérica, desde sus más lejanos orígenes coloniales, se ha producido como docencia y como reflexión, como transmisión del saber que la constituye e instituye en el espíritu objetivo, y como ejercicio del ensar –auténtico o inauténtico-que indefinidamente la renueva en el espíritu subjetivo. 

16. Inseparable de los generales sistemas históricos de dependencia latinoamericana, la reflexión filosófica en nuestros países -en sus modos auténticos- ha venido cumpliendo una función emancipadora, por su tradicional empeño en la adaptación crítica sobre la adopción pasiva, y se orienta cada vez más al comportamiento autónomo en el seno de la doble universalidad filosófica: la de los objetos y la de los sujetos.                       

 * Arturo Ardao (1912-2003), pensador uruguayo, exiliado en Venezuela, presentó este trabajo en el IX Congreso Interamericano de Filosofía, realizado durante el mes de julio de 1979, en la ciudad de Caracas.